jueves, 8 de junio de 2017

Prostitucionismo



Dicen que es el oficio más antiguo del mundo. Pero servidor cree que es la dominación más antigua conocida. Y es que últimamente es habitual admitirla como un hecho incuestionable, como si fuera una viga maestra que sustenta las relaciones entre hombres y mujeres. Como si esta práctica de opresión patriarcal hubiera cambiado de acera o le hubiéramos dado la vuelta para mirarla de otra manera, más amable. Pero ha sido el feminismo el que nos ha enseñado y demostrado que la prostitución no es solo un mordisco feroz en las carnes de la historia. La prostitución es un mecanismo de dominio y subyugación de las mujeres. La prostitución fue la patente de corso del patriarcalismo protocapitalista y lo sigue siendo con el tardocapitalismo neoliberal. 
Y hasta la fecha nadie, o casi nadie, cuestionaba esto: que la prostitución es una transacción siniestra del poder machista que perpetua una sumisión patriarcal a través de la dominación del cuerpo y el deseo. Y esta definición, primero feminista y después marxista en sus versiones más radicales, siempre ha sido admitida por el movimiento feminista. Otra cosa es que ahora se cuestione. Que ahora se venda que la prostitución es libertad y de paso, feminista. Y aquí interesa analizar esa deriva, sus efectos y sus consecuencias para las mujeres: el por qué hoy ir de putas ya no es cuestionable, el por qué el coño de las mujeres es un instrumento de trabajo, el por qué la prostituta ya no es una víctima, sino una mujer libre y además empoderada a través de su cuerpo en venta, el por qué una trabajadora sexual se presenta casi como una heroína que destroza las expectativas de los anticuados comportamientos femeninos, el por qué los hombres están ausentes de esta historia. Y es que hoy pareciera que la prostitución se define más por quien vende que por quien compra. 
Qué ha pasado para que la prostitución pueda ser considerada un nuevo derecho de pernada, pero democráticamente regulado. Y aquí sí que hay un salto. Y además mortal, porque ningún grupo de mujeres, al margen de su profesión o situación de vida, tiene una tasa de mortalidad tan elevada como las prostitutas. Alguien dirá que regulando se protege mejor. En Ámsterdam, donde la prostitución está legalizada, sigue habiendo asesinatos de mujeres prostitutas todos los años.
Entonces uno se pregunta qué ha ocurrido en el seno de ciertos feminismos para que se incorpore en el discurso legitimador el consumo de coños a cambio de dinero. Y que no pase nada. Y no solo no pase nada, sino que la posición abolicionista sea considera no solo conservadora, sino además hostil contra las mujeres prostitutas.
Y es que hoy, en pleno retroceso de libertades públicas, de los recortes sociales, de los discursos segregacionistas, en medio de la lacerante violencia de género, la cual ignora como víctimas a las prostitutas muertas por sus proxenetas, en medio del reblandecimiento de las izquierdas estéticas biempensantes; los nuevos discursos reglamentistas del mercado sexual están pidiendo paso para colocarse en la pole position del novísimo discurso liberador de los cuerpos para campear libres de victimismos.
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