lunes, 11 de diciembre de 2017

La otra desconexión


¿Qué extraña pulsión nos hace contestar un email o un whatsapp a las cinco de la madrugada, en medio de la noche? ¿Qué nos hace estar en permanente tensión y contacto, en pie de guerra, sin tregua, a todas horas, sea de día  o de noche, en el cielo o el infierno, en las cimas, en medio de una cena, mientras nos besamos, sea aquí o en el Kalahari? ¿ Qué nos ha pasado que la vida es imposible sin estar conectados, sin sentir el fogonazo vibrante de nuestro móvil, sin responder de inmediato a las órdenes que nos llegan cada cinco minutos? ¿Qué nos ha pasado a gentes que nos creímos dueños de cada acto sublime y cotidiano  de nuestras vidas?  ¿Qué nos ha ocurrido para sucumbir ante el imperativo digital, ese que ya sólo pregunta dónde estás en vez de cómo estás?
Sé que esto se lo plantean, porque es abrumador. Que lo han pensado, dado vueltas y más vueltas. Quizás hayan pensado en la insumisión digital. O quizás lo hayan dejado por imposible. Como una derrota merecida de nuestro tiempo. Pero esta nueva forma de movilización total y gratuita, porque de esto va la cuestión, tiene su cosa.
 Maurizio Ferraris, ha escrito un librito cargado de ideas para identificar nuestra dependencia digital. Se titula “Movilización total” y es pura dinamita contra esta nueva dominación y  responsabilización permanente a que nos obligan los dispositivos móviles. Un libro que se pregunta por qué lo hacemos: escribir, contestar convulsivo, llamar, decir dónde estamos, preguntar dónde están los otros, mandar fotos estúpidas y hasta enfadarnos si no hay respuesta.  Por qué exhibimos impunemente nuestro narcisismo. Y es que cada día mandamos sesenta y cuatro mil millones de mensajes. ¿Qué nos decimos?. Poco importa el contenido. Pero sí lo que supone esa  movilización que generan los aparatos de dominación de la intencionalidad. Así los llama Ferraris. Léanlo y atrévanse a desconectar. Ahí empieza una nueva insumisión.




jueves, 7 de diciembre de 2017

¿Tornarem?



El alcalde convocó a los socios de gobierno municipal. Llevaba tiempo con un extraño run run. No sabía identificarlo pero silbaba en cada conversación, en cada pasillo. Como un eco inquietante. Él era especialista en echar la vista atrás y sabía cómo se comportaba el tiempo. No en vano era historiador. Por eso quiso situar a la ciudad en el centro de la narración. Pero a veces, las ciudades se convierten en abstractas u hostiles. De esa ecuación nacía aquel run run.
Él había renunciado a muchas cosas. Y caído en no pocas contradicciones. De palabra, obra y omisión. Como un servidor. Sabía que gobernar una ciudad requiere no solo de ideología, que también, sino de un plan y mucha habilidad de gestión. Y esa gestión, en aquel postcapitalismo estético y compulsivo, exigía cintura. Para sortear las trampas del capital del que, en principio, él renegaba. Lo sabía, sí, pero el tiempo se comportaba de otra manera. Porque gobernar la ciudad no consiste solo en arreglar las grietas del asfalto, sino las grietas de la gente. Y exige saber qué tipo de ciudad quieres y estar libre de cargas. No deber nada a nadie. Y allí, donde él gobernaba, se había sellado un pacto de sangre, casi una omertà con el conflicto. Y eso tenía sus riesgos. Porque a veces se  abrían las venas de la responsabilidad contraída. Por eso, de un tiempo a esta parte, pensaba que las  cosas se hacían  “por si acaso”. Yo le entendía. Y quizás aquel run run tenía que ver con todo ello. Porque últimamente se preguntaba  si seguiría gobernado la ciudad en 2019. Él y los suyos, que eran los de muchos.  Y eso también se rumiaba en aquella muy noble y gloriosa ciudad. Porque ese era el  postre de toda cena que se preciara.
Aquella noche, en su libro de cabecera encontró esta cita: "Podemos estar orgullosos de lo que hemos hecho, pero jamás de lo que hemos dejado de hacer. Ese orgullo está por inventar”. Aquella noche despejó el run run.

Artículo publicado en noticiasdenavarra.com











lunes, 27 de noviembre de 2017

Los jefes rojos

El Roto
Aquellos patronos habían crecido con el Libro Rojo de Mao en una mano y El Capital de Marx en la otra. Pero no tuvieron escrúpulos para firmar el despido de veinticuatro trabajadores y trabajadoras con el espíritu de la Reforma Laboral  de don Mariano. Aquellos patronos rojos tenían buen corazón. Habían vivido en el firmamento de la épica revolucionaria durante años. Eso decían. Por eso montaron varias empresas solidarias. Para demostrar que también el neoliberalismo tenía sus ventajas. De ello vivieron durante años. Pero cuando llegó el momento de dar el do de pecho, ese que se nos exige para estar a la altura entre lo que decimos y luego hacemos; recularon y buscaron otros culpables a la hora de interpretar sus contradicciones.
Les hablo de Anafe, una entidad social  imprescindible, y referencia pionera del denominado Tercer Sector. Una fundación dedicada al apoyo y la incorporación sociolaboral de  la población inmigrante en Navarra desde hace 25 años. Anafe es eso. Pero también una marca comercial de CC.OO.
Estos patronos, acostumbrados a moverse entre la subalternidad y la cooptación, se dicen gente de orden, combativa, referencia sindical y todo lo que quieran añadir. No les discuto nada. Pero estos jefes rojos, a quienes uno imaginaba con superávit de conciencia de clase y master en solidaridad obrera, me sorprenden. Porque a la hora de enfrentarse al  mercado, las leyes del capital y la gestión de  resultados, se comportan como vulgares capitalistas disfrazados de neoliberales de buen rollo. Por eso dicen, en contra de lo que piensan sus currelas, que Anafe no es viable. Porque piensan como aplicados alumnos de Milton Friedman. Por eso firman despidos a cuenta pública.
Ya ven qué poco cuesta parecerse a los neoliberales de Gamesa, Faurecia o TRW. Y es que a la izquierda hay que distinguirla por sus actos, no por su discurso.








miércoles, 22 de noviembre de 2017

Esas series que nos atrapan


La vida, la puta vida, la buena vida, la arrastrada, la indeseada, la querida y valorada, la temida, la inevitable como los últimos besos antes de morir, está aquí. En las series que nos atrapan. En todas las series de éxito que podemos disfrutar tras un día sin fin. Porque "algunas de las magnificas series occidentales  no solo reflejan la realidad política que vivimos, no sólo profetizan la que podríamos vivir, si no que su influencia es tal, (...) que están contribuyendo a definir y construir esa realidad "

Ego, las trampas del juego capitalista



"Es hora de pensar en una vía de salida, de nuevos modelos altruistas y de colaboración que no conviertan cada uno de los aspectos de nuestra vida en una ecuación matemática". Porque la codicia y el juego son estímulos suficientes para el juego d ella vida. 
Conjuguen esta lectura con la serie, Juego de Tronos y verán como lo que nos mueve, en una u otra dirección es el miedo. Como dice Jesús Aller "Nadie entiende lo que ocurre y los políticos que están a cargo del asunto se refugian en clichés: “No hay alternativa”“Si fracasa el euro, fracasa Europa”. La realidad es que han perdido el control, porque lo que se despliega son simplemente las estrategias de una guerra no declarada entre los estados y las entidades globalizadas del mercado financiero, que actúan simbióticamente con el gobierno de Estados Unidos. La última crisis no fue en este sentido una situación excepcional, sino una batalla más del conflicto. Los políticos aceptan que en este enfrentamiento el mercado encarna la “sabiduría” y los estados han de plegarse a él.
Insisto, convinen esta lectura con Juego de Tronos. Encontrarán las claves de esta terrible subsistencia.


lunes, 20 de noviembre de 2017

La vena insumisa



Soñé que yacía en una camilla, desnudo y cubierto por una sábana blanca. Unas correas me fijaban aún más a la sentencia del jurista. La camilla estaba anclada en el centro de un patio a cielo abierto. Era el patio de una cárcel. Abrí los ojos. Tras los barrotes de las ventanas que daban a ese patio, vi algunos presos que  lloraban lágrimas de sangre. Presenciaban mi propia ejecución. De una puerta metálica vi salir a un enfermero que portaba un maletín. Se acercó a mi. En su retina llevaba grabada la imagen de un caballo muerto.  Me preguntó si sabía mi nombre. Le dije que llevaba veinte años delirando por un corredor sin destino. Me preguntó si recordaba el delito por el que me iban a inyectar Tiopental sódico. No, respondí; lo he olvidado. Entonces me examinó como un chacal en medio de la noche. Me cerró los ojos con un masaje que agradecí. Y sentí que cogía mi brazo con fuerza.  Buscaba una vena como se busca el ultimo amor. Pero no halló nada. Solo un rumor que llegaba del infierno. Por aquellas venas insumisas no corría sangre, solo temblores de remordimiento.
            Pasaron varios minutos en los que creí navegar por el río blanco de la muerte. Y sentí que mi alma sesteaba en un lugar bello e incierto. Entonces oí como los presos gritaban mi nombre. Pero el verdugo seguía buscando aquella vena insurrecta con una aguja inflamada de venganza. Noté un mareo prolongado. Pensé que después de tantos años esperando morir, ni siquiera había aprendido a sufrir.
Entonces, el enfermero se retiró llorando y me dijo que toda severidad es inhumana. Ahora estaba solo, en la escena de un crimen premeditado pero de una delicadeza salvaje. Y soñé.

Este hombre se llama Alva Campbel, tiene 69 años. Fue condenado a muerte mediante inyección letal  el pasado miércoles, en Ohio (USA). Los verdugos trataron en vano de encontrar esa vena rebelde que acabara con su vida. No pudieron y Campbell volvió a su celda para seguir muriendo a plazos.

Articulo publicado en Noticias de Navarra el 20N. Hace 42 años murió Franco sin necesidad de inyección letal. Cosas de la historia. 

martes, 14 de noviembre de 2017

No es vivir, es cómo vivir

Agencia Magnum
¿Hay vida más allá de Catalunya? Tal vez sí. Lo dicen los informes de la OCDE. Porque España, después de Japón, es el segundo país con más esperanza de vida después. Aquí la gente puede vivir encabronada, pero llegar hasta los 83 años. Otra cosa es cómo llegamos. Porque como decía Thomas Mann, la vejez es la peor de todas las corrupciones. Pero que a tus 60 te recuerden que llegarás a los 83, te reconcilia con la vida. 
Decía que no es llegar, sino cómo llegar. Porque vivir de prestado es más agobiante que sestear en un sanatorio. Por eso,  la ONG Help Age International decidió crear en 2013 el Índice Global de Envejecimiento aplicado a personas de más de 60 años. Este índice mide la calidad de vida que un país puede ofrecer a sus mayores. Utiliza cuatro indicadores: las pensiones, la salud, la inversión en políticas públicas de dependencia y la libertad de elección para vivir de manera autosuficiente.
La cosa va del 1 al 96. El puesto 96 sería para el país que peor trata a sus  adultos. En 2016, España ocupó el puesto 25 empeorando respecto al año anterior y situándose en un nivel medio en facilitar a sus mayores un final más pleno y feliz. 
Y es que España cuida mal a su gente grande. Viven más porque sus familias, a falta de recursos y prestaciones públicas de calidad, los cuidan y protegen. Viven más porque están muy medicalizados. Y eso resta calidad de vida saludable. Viven más; pero por eso mismo se exponen a vivir en soledad. Y esto es muy jodido. Y sí, viven más, pero su capacidad para decidir está condicionada por sus ingresos. La pensión media ronda los 950 euros. No está mal. Pero casi dos millones de mayores de 65 años viven con 15 euros diarios. A ellos la vejez no les brinda reposo alguno. Ya ven.
 Vivan hasta los 83 si pueden. Pero no se obsesionen con ir más allá a cualquier precio. El Estado los quiere vivos, pero sus familias felices.


Articulo publicado en Noticias de Navarra