lunes, 12 de diciembre de 2016

Ultima estación

Obra de Juan Carlos mestre

Hacía tiempo que aquella mujer había hospedado su juventud en el cáñamo de la noche. De hecho respiraba como un susurro atascado en la agonía. Desde hace cinco años Caronte la espera con su barca amarrada a aquella casa de fúnebres fragancias. Cada noche le susurra al oído unos poemas negros que encienden sus ojos obturados por lágrimas heladas. Aquella mujer había sido visitada por el doctor Alzheimer hacía nueve años. Nueve años, como nueve ángeles recitando versos oxidados. Nueve años suspendidos en el calendario, como un ahorcado abandonado al vendaval de los enamorados. Aquella mujer vivía, sí. Pero cada día clamaba ser exterminada con un aerosol de ternura o morir bajo un arcoíris rociado de acuarelas y nenúfares. Pero no podía. O no le dejaban. Aun sabiendo que respiraba al son de una armonía que solo los muertos conocen. 
Y no, esta historia no es un cuento gótico. Es pura vida. O pura muerte. Forma parte de la cotidianidad amarga de nuestros trasiegos diarios, es arte y parte de nuestras tragedias familiares. De nuestras derivas y precipicios. Nos tocan. Nos hipotecan. Están ahí al lado. Ladrando como la inmisericorde letanía de los ahogados. 
Quizás por esto, porque miles de casos como este reclaman una muerte digna, se ha abierto un proceso para elaborar una Propuesta de Ley que reconozca el derecho de los ciudadanos a morir dignamente. La intención es que la propuesta, presentada por el grupo parlamentario de Unidos Podemos, sea registrada en el Congreso el próximo 23 de febrero. Ya veremos qué pasa y si en realidad, los amantes de la buena vida también lo son de la buena muerte. Porque morir es todavía un derecho a conquistar más allá de la tempestad biológica. Y porque nadie debería confiar en el porvenir del cianuro

Articulo publicado en Diario de Noticias de Navarra

¿Otro fútbol es posible?


En cierta ocasión que Marguerite Duras estaba sobria dijo “Lo reconozco: el alcohol suplió en mí la función que no tuvo Dios”. Cambiemos el sustantivo  alcohol por fútbol y la cita se convierte en el mejor  microrrelato sociológico que Juan José Millás pudiera imaginar.
Y sí, hubo un tiempo en que el fútbol fue un juego de naturaleza popular y una fiesta para los ojos, como decía Eduardo Galeano. Pero aquello se perdió cuando el neoliberalismo económico le hincó el diente a este deporte. Desde entonces  los hinchas dejaron de ser hinchas para ser clientes. Y también los clubes, convertidos en  sociedades anónimas donde no hay socios sino accionistas. Desde entonces, el fútbol, ese juego convertido en emoción, es  algo robado. Algo que ya no nos pertenece.
Pero cuestionar el fútbol, ese referente global y socializador bendecido por todo dios y del que participan 265 millones de jugadores, de los que 38 millones son profesionales, es arrojarse a las fauces de las hienas que lo sustentan. Y ya sé que a su hijo le apasiona. Y que usted le sigue porque es una manera de socializar con sus iguales. Pero sepa que solo en Europa, el fútbol generó más de 23.800 millones de euros en 2015. Miles  de ellos circularon por las cloacas: compra de partidos, árbitros y apuestas, derechos televisivos, negocios inmobiliarios, nombramientos, apaños de las sedes del mundial y, por supuesto, corrupción fiscal y evasión de impuestos. Corrupción que pagamos todos.
Algunos astros de este deporte están bajo sospecha. Pero son tratados como intocables, incluso sus posibles delitos se minimizan dado su aforamiento social. Porque si los referentes sociales son condenados, todos dejamos de ser Messis o Ronaldos. Y entonces no solo perdemos el fútbol, sino los ídolos que suplantan nuestras vidas.


Artículo publicado el día 12 de diciembre de 2016  en Noticias de Navarra