domingo, 4 de septiembre de 2016

El santo

Foto: Premín de Iruña

En el cielo hay un sala, según se sube, a mano derecha, donde se tramitan los expedientes de santidad. En esa oficina iluminada por una luz cegadora,  trabajan sin cesar algunos funcionarios celestes. En la puerta cuelga  un letrero que  dice: reservado el derecho de admisión. Sobre las mesas, del mismo mármol  que Miguel Ángel utilizó para  esculpir su David, reposan  algunas solicitudes para acceder a ese estado eterno que ya cotiza en la Bolsa de Roma. El último en llegar ha sido Josemaría. Un santo que no ha hecho nada relevante en esta vida. Salvo medrar entre los pasillos vaticanos vendiendo su  nombre con  denominación de origen de santidad. Aparte de esto, nada. Y es que uno se trabaja  su ascenso a los cielos en la medida que  ha sido decepcionado por las paradojas terrestres. Y este hombre ha vivido y se ha implicado más bien poco en los auténticos problemas de la gente normal y corriente.

Ignacio Ellacuria y Monseñor Romero fueron asesinados mientras levantaban la hostia  que tan a menudo saboreaba  Escrivá. Fueron dos curas comprometidos con los desheredados y con la vida, con esos pobres a los que el nuevo santo niega la posibilidad de redimirse “ ¡ Bendita perseverancia la del borrico de noria ¡ “ ( Camino 998)  Fueron hombres que nunca llamaron  a las puertas del cielo porque pensaron que el cielo había que bajarlo a ras de tierra, exprimirlo, partirlo en mil pedazos y repartirlo entre los pobres del mundo. Ese era su mensaje. Y es que lucharon contra un mundo que parece surgido del  bostezo de un  diablo. Por eso sus nombres nunca gozarán de la gracia divina.

La inclusión en el santoral de Escrivá responde, más que a su discutible posición en el mundo, al  reconocimiento de una sociedad secreta que levita ante el  poder. Antes, los santos  tenían que recorrer un largo y tortuoso camino para llegar a estar en nómina y plantilla. Y además aportar un currículo universal de servicio público. Este no. Juan Pablo II necesita de su Obra para poder  salir de apuros económicos e  ideológicos. Necesita de él como extintor de todas las rebeldías. Y también de imagen. El Opus es una mezcla de legislación y metafísica de saldo. Y esto mueve voluntades  en medio de una Iglesia sin rumbo. Por eso sus seguidores se entregan a él, sin sospechar que, en este mundo todo decepciona, incluso la santidad.

Posdata: Este artículo se publicó en abril de 2003, en Diario de Noticias de Navarra. La última canonización ha sido hoy, la de la Madre Teresa de Calcuta. Esta Iglesia  es una multinacional de gran producción. Lo mismo viste un santo que desviste otro. Y además tiene su público. Hoy, casi  150.000 almas se han asado bajo el sol inmisericorde que san Pedro ha enviado desde los cielos para goce de santa Teresa de Calcuta. Uno sospecha  si de verdad esta mujer quiso llegar tan alto.