martes, 5 de julio de 2016

¿Por qué seguimos amando a nuestros verdugos?


Más allá de los posibles pactos, de los tiempos que lleven, de quien los lidere, de las carambolas, de las abstenciones, de los acuerdos, de las traiciones y contradicciones, de las renuncias, de las imposibles pero necesarias dimisiones, de los sorpassos y las sorpresas, de los asaltos a los cielos o las bajadas a los avernos. Más allá incluso de unas nuevas elecciones; lo grave, incluso por encima de las urnas y los votos que lo validan es, que mucha gente de bien y de mal, gente que vive o malvive en este reino de España corrompido hasta médula, siga creyendo de manera bastarda en un partido que huele a cloaca, que apesta a matarratas de saldo. Que siga jaleando y dando oxígeno a un hombre gris marengo que ha convertido la democracia en un chiste sin gracia.
Lo preocupante es que millones de votos hayan apoyado y validado a corruptos, mentirosos, traidores, falsarios, tramposos, bribones y fulleros. Además de fascistas graduados de reconocido prestigio antidemocrático que nunca se fueron. Y si se fueron, lo hicieron para afilar los cuchillos. Eso es lo grave. Y lo que cuesta analizar, lo que cuesta entender y digerir como una maldición sin fin. Si fuera diputado me preocuparía eso. Pero soy un ciudadano a pie de obra. Y siento miedo, asco y vergüenza de este país enfangado pero contento con su propia inmundicia. No por sus gentes, sino por esa estrategia de sodomización social que el PP ha puesto en marcha al amparo de una crisis alargada y prolongada, como el siniestro tiempo que nos toca vivir.
Y esto es lo grave, a lo que hay que temer. Más allá de lo que se avecine, de los posibles pactos o futuros escenarios de poder y contrapoder. Más allá de los nuevos tiempos que todavía apestan a viejos. Que el miedo, convertido en arma de dominación masiva, haya inmunizado la bastarda corrupción y podredumbre en que está sumido este reino de España en bancarrota ética y moral, un país donde el bar es el mejor analgésico y donde los ricos y muy ricos disparan sus ganancias a golpe de chantaje, amenaza y coacción. Y si no, que se lo pregunten a un ministro que se hace llamar Fernández Díaz. Lo preocupante es que esos casi nueve millones de votos, muchos de ellos de obreras y obreros desclasados por imperativo legal y social, sirvan para gobernar contra sus propias vidas, contra sus propias conciencias, de clase o de los restos que queden de ella. Y esto es difícil de digerir con las herramientas de nuestro tardofordismo analítico. Pero vivimos tiempos en los que las contradicciones forman parte de nuestras convicciones. Porque mucha gente hace lo contrario de lo que siente, que vive contra su ideario perdido, que vota en contra de sí mismo o de sus intereses. Es el llamado voto prevaricado, el voto corrompido. El que mucha gente emite porque su vida también es pura contradicción, porque se mueve entre dualidad y la segmentación. Porque vivir en conciencia se ha puesto muy cuesta arriba. Y es que corren tiempos en los que la ética es una cuestión de muy mal gusto. ¿Qué por qué? Porque antes sabíamos las preguntas y las respuestas; ahora sabemos las preguntas, pero desconocemos las respuestas. Y ahí, nos perdemos todos. En ese pantanal de dudas azuzado por los miedos. Especialmente en aquellos sectores de población sobre los que la dominación más subjetiva y el control de sus vidas se ha hecho más incisivo y despiadado a través de los diversos controles sociales y económicos. Así que esto es lo grave, que el baile feliz del PP de la noche electoral se hubiera celebrado sobre los cimientos del supermercado en ruinas en que se han convertido nuestras vidas. Y que siga la fiesta como si nada ocurriera. 
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