lunes, 2 de mayo de 2016

¿Hay razones todavía para el Primero de Mayo?


De qué sirve decir que los derechos sociales, conquistados por cinco generaciones del movimiento obrero mundial están en bancarrota. De poco. O de nada.  Claro, hablar del Primero de Mayo aquí, en la Comunidad de la excelencia, de la sobreabundancia, de la primacía  en casi todos los órdenes de la vida espiritual, algo menos de la  corporal;  laboral, empresarial, comercial, deportiva, turística, religiosa, cultural o, hasta gastronómica,  es poco menos que un desafuero. Hablar del Primero de Mayo aquí y en 2007, en la Navarra sobresatisfecha, sobredimensionada, sobrada de índices de calidad, excelencia, eficacia, eficiencia y demás ítems valorativos de nuestra calidad de vida, es un atentado. Ganas de joder la manta. De hacerse el gracioso.  Demagogia de saldo o jipitrasnochismo biodegradable.  De no saber de qué va, de verdad, la realidad social, política y laboral de esta Comunidad. Una tierra  llamada a ser la California del Norte. Claro, hablar de esta efemérides rancia, casi ahistórica, de este evento marxista, comunista, obrerista, internacionalista o izquierdista es una vaga y delirante superchería de mal gusto que en esta Navarra feliz no tiene sentido. Hablar del Primero de Mayo suena políticamente incorrecto a estas alturas de la historia en la que quedan pocos obreros, aunque haya, eso sí, muchas más obreras y que, por cierto, ganen menos que ellos. Vale. Pero si  no podemos hablar, ni recordar  ese Primero de Mayo marcado a sangre y fuego en  la historia del movimiento obrero, ese que muchos todavía recordamos,  hablemos al menos de los nuevos Primeros de Mayo diarios, de los de cada día. De esos lunes al sol, un sol que aquí en Navarra es más bien escaso. Y lo hagamos, aunque vivamos en esta Arcadia radiante que, si bien es cierto que dicen que es feliz, lo es a costa de algo. Pero sobre todo, de alguien. Y es que esta Comunidad, tan ufana y satisfecha, con unos agentes sociales absolutamente pesebrizados, una clase obrera, la del trabajo estable y protegido,  instalada en el corporativismo más absolutista y unos sindicatos mayoritarios muy engrasados por la socialdemocracia más liberal, se ha olvidado de rendir cuentas ante los verdaderos artífices de nuestro bienestar entrecomillas. Porque otras nuevas clases obreras, intangibles e invisibles,  son las que soportan, con su degradación,  la amenazada estabilidad laboral de que disfruta la clase obrera navarra.  O la vizcaína o la catalana. Es igual.  Si por algo  hay que reelaborar el Primero de Mayo es por la visibilización de esos millones de obreros sin contrato, esos millones de mujeres que se dejan la vida en las maquilladoras, o por los trabajadores y trabajadoras sin derechos del sector servicios de las grandes ciudades globales  y los infla asalariados que mueven los macrocomplejos  agroindustriales alrededor del mundo. En definitiva las nuevas subclases obreras globalizadas  divididas en segmentos nacionales, raciales, étnicos y de género. Gente a la que le cuesta unirse para gritar otros basta ya. Y es que haciendo visible a esta infraclase obrera y  reconociendo su explotación, pero sin dejar de observar nuestra explotación concentrada  en los jóvenes, las mujeres y los inmigrantes, podremos reivindicar con cierta honestidad el recuerdo de un tiempo repleto de utopías. Creo que en este día cargado de banderas, faltan abanderados. Este día absolutamente fagocitado por el gran capital debería servir para desafiar los números que la artillería de la estadística oficial nos arroja a la conciencia para seguir pensando que estamos en la  mejor poole position del mundo mundial. Porque no es verdad. O es una verdad a medias. Y sé que es difícil desmontarla. No obstante, en esta Navarra que no cabe de gozo, pese a tener el índice de desempleo más bajo del Estado, no es menos cierto que las tasas de precariedad y temporalidad son escandalosas. Casi el 27 por ciento de los contratos están afectados por la temporalidad precaria y sin blindaje social o sindical. Y es que así, y solo así es posible mantener ese paro estructural dado por aceptable en todas las mesas de negociación. Y esa gente cada vez es menos libre. Porque no tener garantizada la existencia es perder autonomía personal. Porque no son ya los  “mileuristas”, sino los ochocieneuristas los que crecen sin parar: ya son el 57% de la población trabajadora  de España, en donde, dicho sea de paso, en los dos últimos años la remuneración salarial ha pasado de representar el 47,71% al 46,12% del PIB, mientras que los beneficios empresariales han pasado del 41,78% al 42,25%.
¿Celebrar, recordar, reivindicar el Primero de Mayo? Uno cree que sobran razones. Pero quizá haya que redibujar el mapa de la explotación, definir los nuevos sujetos a los que dirigir la mirada: los millones de excluidos sociales, los que están en la cuerda floja, la gente que vive en las periferias, los inmigrantes a los que no se les reconoce el derecho de fuga en busca de la dignidad, las mujeres pobres. Nuevos territorios de lucha, nuevas subclases y nuevos sujetos que el sindicalismo no es capaz de integrar en sus agendas. Si para algo puede servir este Día es para rebasar esa idea que nos domina acerca de la imposibilidad de superar el capitalismo planetario. Esa que solo nos permite hacerlo más humano y más benévolo con los pobres. No es verdad.  Porque también se puede organizar la producción, el consumo y las estrategias de mercado  de modo más democrático y participativo. Porque todavía no está dicha la última palabra.

Posdata: este artículo se publicó en DN en 2007. Salvo algunos matices temporales y ciertos datos,  lo volvería a publicar tal cual. 























Apóstoles


Aquellos dos jóvenes tenían orígenes diferentes aunque decían  ser hijos de la misma madre. Uno  procedía de la camada de socialistas guapos que apuntalaron la socialdemocracia más bastarda y el otro se había preparado para  asaltar los cielos después de un encuentro con Lenin cuando tenía cinco años. El uno se llamaba Pedro y dijo que sobre aquella piedra, llamada España, escribiría su historia. Pablo, el otro apóstol emergente, dijo que jamás reconocería a un hermano que le había negado tres veces.
Pedro le ponía tesón, incluso su salmodia quería recuperar el tiempo perdido. Pero tenía un grave problema con su mitra socialista. Y es que él no mandaba en su reino. Había barones que le recordaron que las aguas no se dividen por arte de magia. Que hay líneas rojas marcadas a sangre y fuego. Y aquellos príncipes socialistas le recordaron que lo de pactar con los arcángeles bastardos de la secesión ni hablar. Ni siquiera intentarlo en aquel reino indivisible. Así que, su alianza con san Albert, el apóstol de la ciudadanía blanda y light,  sirvió para avalar su pacto-trampa  del miedo ante una España que exigía venganza social. Mientras, Pablo el Heterodoxo, tensó la historia hasta más no poder. Dicen que cedió pero que en medio de esos meses vacíos conoció la dureza de una realidad que destilaba cianuro. Y esperó a tiempos mejores. 

Dicen que habrá nuevas elecciones porque ha faltado consenso. Es el diagnóstico más  infantil y menos político que se puede ofrecer a una ciudadanía desempoderada. Vamos porque este reino de España es una ciénaga insoportable. Y gestionar esta pocilga exige más que pactos. Exige llegar a acuerdos estructurales que descuarticen este Estado de alta traición ciudadana. Y cualquiera no vale. Y tampoco vale cualquier pacto que no suponga alterar las condiciones del estercolero.

Articulo publicado el lunes 2 de mayo de 2016 en Noticias de Navarra