martes, 12 de abril de 2016

Rodolfo Walsh y "Operación Masacre"




Este año se cumplen 60 años de una masacre El 9 de junio de 1956, militares peronistas intentaron una revuelta sin éxito contra la Revolución Libertadora en Argentina. Con la ley marcial en la mano, el estado se pasó cuatro pueblos y fusiló a muchos, entre ellos un grupo de civiles de la localidad de Florida. Al parecer cinco fueron asesinados pero siete escaparon a las balas. Uno de los que sobrevivieron se llamaba Juan Carlos Livraga quien denunció el intento de asesinato meses después.
Rodolfo Walsh se enteró de esto y quiso hacer de ello periodismo de alta densidad. E hizo un libro memorable. Se titula Operación Masacre. Este libro podía haber sido escrito de mil maneras. Pero Walsh hizo del asesinato algo más que un relato plano; reprodujo la vida y la muerte de esos infelices al compás de un testimonio que le sirvió para incorporar al periodismo un plus narrativo que lo convertiría en un ficcionador de la realidad sin ribetes. Y contó lo que uno quisiera haber visto antes de que esos asesinados fueran acribillados. Y hasta cómo fluía bel aire contaminado que se dejaba traspasar por las balas asesinas. Y eso, dicen, es periodismo narrativo de alta calidad. O como diría Martín Caparros: "La crónica es el periodismo que sí dice yo"

Foros, foros, foros


Sé que lo que sigue quizás no guste a la izquierda franciscana que nos gobierna. Pero esta columna no se levanta cada semana para hacer amigos. A lo sumo,  servidor comparte ideas para no carcomerse  a diario con sus contradicciones. Yo no sé ustedes, pero uno siente que esta ciudad está enloquecida con los foros y procesos participativos. De repente la ciudad entera es un foro a cielo abierto en busca de la esencia democrática. Les cuento. No me gusta esta tendencia a consensuar todo entre todos. No me gusta este buenismo minimalista. Ni este buenrollismo participativo que necesita avalar y validar  todo lo que nos ocurre a diario en nuestra vida pública y política.  Creo que este uso y abuso de la participación es un mal síntoma. Porque esa intensa promoción vertical de la participación, aparte de no ser siempre un plus democrático, ni una plusvalía ideológica, puede incurrir en manipulaciones personales y colectivas  para legitimar  el nuevo orden político. Porque esos foros de barrio, por ejemplo, reemplazan los recorridos horizontales de la población y su protagonismo social, por una consulta ritual de decisiones  generando un activismo desordenado  e incauto. Tengo la sensación, entre tanto proceso participativo,  que alguien nos está robando los espacios históricos de reflexión. Y que siempre hay gente despolitizada que se queda fuera, que no es llamada a este festín. Más aún,  que esta dinámica participativa se enmarca en la antropología política neoliberal al buscar,  como la vieja política, la marca, el producto  y la inmediatez. Esta inflación participativa me preocupa porque sustituye el análisis de los conflictos sociales por una política ciudadanista que  solo aspira a socializar  intenciones colectivas.  Y ese ideologismo también  disfraza la realidad social.
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