lunes, 4 de abril de 2016

Cuidados


Mi vecina tiene 84 años y unos huesos de cristal. Una caída tonta le ha dejado en silla de ruedas. Quizás esto les sea familiar. Mi vecina ha solicitado la valoración de dependencia,  algo así como pasar una ITV vital que valora si puedes circular con autonomía por el carril de la vida diaria. Según sea esa valoración, la administración te proporciona recursos.
 Hay una larga lista de ciudadanos esperando esa valoración. Y no es corta. Mi vecina la solicitó en noviembre de 2015. Aún está esperando. La mujer, mal que bien, aguanta el tirón, pero su cuñada murió esperando esa ITV. Mi vecina me pregunta el por qué de esa tardanza. Le digo que las cosas van mejor. Que si el cambio y tal. Pero no sé qué más decirle. Ahora les cuento lo que mi vecina no entiende.
Joaquina, que así se llama, espera esa valoración con ventaja. Sé que su familia le cuida y cubre sus necesidades. Pero hay gente sola que sobrevive a pelo. Como si el mañana no existiera. Están los ayuntamientos con sus programas de Atención a Domicilio. Pero no es suficiente. La Ley de Dependencia quiso cubrir ese hueco. De eso hablamos. Nuestra administración tarda cinco meses en valorar a los dependientes. Seguro que hay una explicación. Pero les digo una cosa. Si no hubiera familias, mujeres sobre todo, que cuidan a los suyos, que protegen, que se implican, que se hipotecan, que cambian sus estrategias familiares, que riñen, que enferman, que sufren, que se agotan, que rompen con sus vidas; esta situación no sería igual.
El coste de esto es brutal. Pero es inmaterial. No se contabiliza. Son los cuidados invisibles pero necesarios ante una administración que sabe que nuestros mayores no protestan. Su peso político y su poder de presión son escasos. Por eso pueden aguantar cinco meses. Y más.
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