miércoles, 9 de marzo de 2016

¿Puede Podemos?


Podemos está tensando el arco de la historia política española. Está legitimado para ello. Sus votos y la confianza generada en su discurso le avalan  para gestionar, en lo que le corresponde,  este momento histórico. Cierto. La cuestión está en el límite de la tensión del arco. Porque si la flecha vuela no hay vuelta atrás. Y ese vuelo no es más que la representación  de  la máxima tensión que genera cualquier decisión. Si Podemos es fiel a sí mismo, fiel a sus votantes y a lo que dice representar, pero sigue tensando el arco, legítimo,  hasta alcanzar su máxima  rigidez,   debe contemplar las consecuencias finales del acto. Para eso están las ingenierías de la posibilidad en un contexto de caos y tensión.
Podemos está apostando fuerte. Quizás como nadie lo ha hecho en la historia política española en  los últimos treinta años. Pero no puede ser tan incauto como para pensar que, aun identificando las traiciones, los pactos ocultos, las resistencias, las listas negras, los nombres y los apellidos de los encaladores y enterradores, las reuniones donde se ha fraguado el antipacto y toda la artillería pesada para que Rajoy siga siendo Rajoy; las cosas vayan a   acabar sucediendo  según sus deseos. Y ese guión deseado es hacer valer su posición en el tablero por encima de todo. Como si otros no existieran. Y a eso se puede jugar también. Pero reconociendo de antemano  efectos colaterales.  Podemos está obligado a tensar la realidad hasta límites intolerables. Porque llevamos tiempo sin probar el sabor de esa tensión, sin percibir los límites de ese reto ante  una realidad inalterable.  Hace tiempo que vivimos trampeados, hipotecados en medio de esta nada por destino. Otra cosa es que esa realidad trampeada te permita alterarla. Encontrar ese hueco por donde filtrarte para que tu juego le impida  salir nuevamente victoriosa.  A eso debe jugar toda izquierda que se precie. A llevar hasta el límite su poder de negociación y de tensión. La clave está en tener la habilidad para saber cuándo tienes que plantarte para que la realidad no te estalle en la cara llevándose por delante un montón de cadáveres.Y contemplar atónito el paso de un tren en el que tu no viajas.