martes, 16 de febrero de 2016

Drama


Susan Aldworth. Cogito ergo Sum

El amor es una agonía permanente. Tal vez por esa razón, Vicente, un anciano de 83 años, cansado de ver sufrir a su esposa en estado terminal  y ausente del mundo, decidió poner fin a una vida vacía de ilusión y de sentido. Manuela padecía Alzheimer,  un extravío de la mente hacia la nada, un trastorno caótico de los sentidos.  Tras asfixiarla, confesó a la policía que “ no podía seguir viéndola sufrir” y, que sólo se arrepentía  de no haber tenido  fuerzas suficientes  para suicidarse a continuación. Y es que cuando uno muere para el mundo,  abandona su noviazgo con la vida.

Vicente mató por pasión o por puro amor. Al menos eso es lo que quiero pensar. Tal vez este hombre  estaba convencido de que el alborozo hay que sentirlo con alguien y cuando no tenemos a ese alguien al lado, nos acercamos a las cimas del infierno. La pareja vivía ya  en un cementerio de ilusiones, en las cavernas de la dignidad, allí  donde estallaba a diario la muerte. Vicente contemplaba en los ojos de su esposa el destrozo que producía la agonía, el mortal torbellino de una enfermedad que día a día rompía el frágil puente que unía su vida con Manuela. Este hombre debió pensar que ningún dios ni demonio podía condenar su acto porque lo único que quiso fue paliar las convulsiones de un cuerpo ofrendado a la aniquilación.

Y es que Manuela ya no podía ni con su cuerpo ni con su alma. Hacia años que la habían abandonado.  Su familia quería ingresarla en una residencia, en uno de esos espacios neutrales donde la luz apaga definitivamente la mirada cansada de los viejos. Vicente nunca quiso separase de quien fue  bálsamo de sus horas más amargas. Por eso, después del parricidio, Vicente aspiró la última lágrima de su amada, transparente e infinita. Y se  quedó dormido, interpretando la melodía oculta del dolor. A continuación, se entregó a la policía pensando que, basta con sufrir amargamente para comprender la mortificante imposibilidad de vivir. 

Posdata: Este artículo se publicó en abril de 2002, en Diario de Noticias de Navarra. El Alzheimer debería ser declarada una enfermedad prioritaria entre la agenda pública y política del Estado. Pero no lo es, porque siendo una tortura para las familias es también un negocio farmacéutico. Según un informe publicado en 2010 por la organización Alzheimer´ Disease International, 35 millones de personas están afectadas por esta enfermedad. En 2060 se prevén 66 millones. En Francia en 2010 los gastos médico- sociales generados por esta enfermedad ascendieron a 10.000 millones de euros.   Para el año 2020 se prevén unos 20.000 millones de euros. Detrás de todo ello está la gran industria farmacéutica que, de  momento, no ha logrado avances sustanciales. Y lo que sí está claro es la gran coalición entre los negocios y la investigación. Porque las políticas públicas, de momento, están privilegiando el apoyo a la industria farmacéutica frente a la investigación generando una dependencia de esta con respecto a las grandes  farmacéuticas y sus intereses.