martes, 19 de enero de 2016

Desenchufe



Siento pertenecer  a ese porcentaje de ciudadanos que no logra entender el procés català. Ni a corto ni a medio plazo. Mucho menos los movimientos que las diferentes fichas han realizado en esa compleja partida de  ajedrez llamada a dar jaque mate al reino de España. Y les puedo asegurar que los medios españoles leales al neoliberalismo político de la España grande y libre  no me conmueven.
Pero lo peor está siendo  querer entenderlo por encima de todo, sin filtros, sin objeciones, por encima y por debajo de Mas. Entender discursos, asambleas, votos, contravotos, idas y venidas, negociaciones y retiradas a tiempo. Dar por bueno cualquier paso porque el procés está exculpado de toda equivocación.  A cualquier precio. Entonces es cuando entro en barrena. Porque en otros momentos de la historia las aristas se han mirado con lupa.
Un amigo catalán me dice que la mayoría política del pueblo de Catalunya está por la desconexión española no tanto porque identitariamente sienta esa pulsión sino porque salir de España, de esta España refranquistada y atascada en la corrupción hasta médula,  es la única manera de afrontar un futuro con dignidad. Le digo que eso también lo sienten muchas personas en Ciudad Real, Zaragoza  o Sevilla. Pero detrás no tienen una excusa histórica para justificar su “liberación”.   

Así las cosas, me cuesta imaginar estos dieciocho meses hasta la desconexión del  canal español. Cómo se aguantarán los empujones finales, las tensiones, las resistencias, las amenazas españolas y catalanas, cómo actuarán los lobbies de presión, los empresarios, los partidos unionistas, la gran banca, el ejército, los grupos de interés, los medios. Cómo se pactará lo que sea y a qué precio. En definitiva, cómo se explicará, gestionará y negociará ese final hacia la república catalana. Junqueras  lo tiene muy claro. Le envidio.