lunes, 28 de noviembre de 2016

Etica de cloaca

Acuarela de Juan Carlos Mestre

No hablaré aquí de Fidel,  ni utilizaré su nombre en vano  más de lo usado y abusado hasta hoy mismo. Porque, como diría Juan Carlos Mestre, ese percherón de la poesía silenciada al que escuchamos el pasado jueves vomitar belleza por  los poros sudados de su voz: “dicen que hay cadáveres que hablan más alto que las trompetas”. Sin más, buen viaje Fidel.
Y es que pareciera que Caronte ha vuelto al pleno empleo tras seleccionar a los mejores y peores pasajeros de su carcomida barcaza. Fidel, Leonard Cohen, Rita Barberá. Por cierto Rita, estés donde estés,  he de decirte que aquí, tus coleguitas del PP sí que han usado y abusado de tu nombre. Y hasta de tu muerte. Dignos comisionados de  ética braguetera que  disfrutan viendo trabajar a los enterradores. Gente que tras cada funeral acuden como hienas al copioso banquete de la casquería.
Porque el infarto de Barberá es la bala en la recamara que estos bastardos de  doble moral, como Rafael Hernando, nuevo portacoz del PP,  usan para envenenar aún más la putrefacta política española. Barberá se ha convertido en la Virgen de Lourdes del PP al rentabilizar su muerte como un  artepacto contra la corrupción. Esa corrupción reconvertida en el oráculo de la sensatez. Si Barberá ha muerto a consecuencia de la cacería de hienas a que, según Hernando, fue sometida; entonces ningún fiscal anticorrupción,  ni periodista, ni crítico,  ni político decente,  están  libres de verse involucrados en sumarios por asesinato en diferido.
A esto hemos llegado amigo Mestre. A esta ciénaga donde algunos carniceros rentabilizan la bilis de sus improperios. Porque ya lo dijiste en un verso cabalgando a  la intemperie: “Los predicadores aman la tempestad y golpean con su Biblias de nácar la erección de los guardiamarinas”. Esos predicadores son los funcionarios del infierno que ahora nos gobiernan.

Articulo publicado en Noticias de Navarra el día 28 de abril de 2016

lunes, 21 de noviembre de 2016

¿ Y si nos hubiéramos atrevido?

El Roto

Hoy entra en vigor la nueva Renta Garantizada. Un prestación que sustituye a la antigua Renta de Inclusión Social. Una medida avalada por el gobierno y cuestionada sin mucho fundamento, ni político ni ideológico, por UPN y PP. Una medida que, si bien mejora la cuantía a percibir por el 80% de los perceptores,  empeora la del  20% restante y cuya explicación se basa en el ahorro y la solidaridad horizontal entre excluidos. Uno de los puntos fuertes es que 2800 personas que antes no podían acceder a la RIS, ahora podrán hacerlo ganando en calidad de vida. Vale. Pero este gobierno podía haber ido más allá. Para eso se autotitula del cambio. Para eso se le votó. Para explorar nuevas formas de revolucionar la vida política y social. Para atreverse. Para tensar la historia.
Este fin de semana se ha celebrado el XVI Simposio de la Renta Básica de ciudadanía en Bilbao. Un renta incondicional para toda la población. Sin importar si trabaja o no. Sin requisitos. Por ser ciudadano. Una idea atrevida pero no inviable. Porque es más que una idea. Es un nuevo proyecto político y social que superaría la pobreza. Pero no solo eso.
Quizás este gobierno podía haber explorado esta idea. Lo tenía todo a su favor. Navarra es de las comunidades que, según estudios, podía articular esta medida dado su nivel de renta y autonomía fiscal. Pero quizás este gobierno ha preferido una reforma al alza  del sistema de garantía de rentas mínimas a convertirse en comunidad pionera que superase las rentas condicionadas.
Tal vez  dentro del gobierno ha habido recelos, prejuicios, miedos y no pocas objeciones ideológicas a esta propuesta. Tal vez. Pero las grandes ideas transformadoras necesitan siempre de una tensión insoportable. Lo dijo Susan Sontang: “las únicas respuestas interesantes, son las que destruyen las preguntas”

Artículo publicado el lunes 21 de noviembre en Diario de Noticias de Navarra







martes, 15 de noviembre de 2016

INEM: cerrado por formación


Otra vez Rossell, presidente de la CEOE, la gran patronal española. Un tecnócrata con el culo cubierto a perpetuidad que arremete ahora contra los funcionarios del antiguo INEM. Dice Rossell que hay que formar a todos los funcionarios que trabajan en el actual SEPE, que no tienen ni idea de orientar a los parados y paradas, que les falta arranque, ganas de creerse que sirven para algo. Dice que habrá que formarles para que aprendan de una vez por todas a gestionar el desempleo. Para orientar mejor a los parados en la gestión de su desocupación. Y si para eso hay que cerrar las oficinas del paro, se cierran. Porque no sirven para nada. Vale chaval. Me recuerdas a un tal Trump usando ese tono bastardo-emocional y populista para arengar a quienes las están pasado putas. 
A ver lumbreras, ¿por qué no te preguntas otras cosas? Por ejemplo. Por qué el PP ha desmantelado los servicios públicos seguir leyendo en Noticias de Navarra

lunes, 14 de noviembre de 2016

Cómo nos hacen sentir culpables de nuestro desempleo



Vean esta película,  si es que todavía no lo han hecho: Yo Daniel Blake. De Ken Loach. Un título que reivindica con fuerza el drama de un carpitero que se queda en paro y es sometido a un implacable y delirante proceso de burocratización en pos de una pensión por parte del sistema de empleo británico. No es una recomendación más, es casi de obligada visión para aquellos y aquellas que viven vidas a medias, precarizadas, pendientes de otros, de  una decisión sanitaria, de un tribunal medico, de una ayuda de los servicios sociales, del sistema de empleo o de esa oficina del paro que nos llama para cursos inservibles o imposibles de cumplir.  Y también para quienes viven plácidamente,  por suerte propia o por carambolas de la vida. Véanla. Los ingleses nos levan ventaja en esto de los recortes a la clase obrera, una clase que allí todavía está presente, aunque se empeñen en ocultarla como nos recordaba Owen Jones. 
Ken Loach conmueve con su película porque viene a demostrar que el neoliberalismo y los recortes del Estado del Bienestar no han acabado con la solidaridad inmediata, pero sí con la colectiva. Y con todos los puentes vinculantes con la vida  aras de tierra. Y ese neoliberalismo ha creado una maquinaria destructora de vidas que requieren pasar por procesos burocráticos absolutamente enloquecidos para seguir alimentando una maquinaria que solo sirve para gestionar una pobreza y una precariedad que clama al cielo. Y más, ese neoliberalismo nos culpa de nuestros males, de nuestro desempleo y nos culpabiliza y responsabiliza de ello como si fuéramos arte y parte de este desaguisado. Más todavía, muchos funcionarios y  obreros digitales  de los sistemas de protección  a sueldo de esa maquinaria burocrática,  colaboran activamente con esta política de policía social tan útil para explicar y mantener este nuevo estado del malestar.

martes, 8 de noviembre de 2016

Patria



Acabé Patria tras siete horas  casi seguidas, intensas, enganchado a la mecánica cuántica de un tobogán que te subía y bajaba a su antojo. Fernando Aramburu (FA) gana en las trescientas ultimas páginas lo que –creo-  “pierde” en las primeras doscientas. Y es que en esas primeras páginas uno siente que en esta novela hay buena y mala gente. Y puede ser verdad. Gente que es perpetradora del mal y gente que lo sufre. Así, este lector se ve tutorizado emocionalmente por la fuerza de los hechos hacia una posición ética y sentimental que, hasta puede compartir. Pero se niega a ese ejercicio  de acompañamiento hacia ningún lugar que no sea la libre voluntad de elegir a sus propios personajes. De ubicarlos allí donde su propia lectura filtrada le permita. ¿Es esto  maniqueísmo? No lo creo. De verdad. No diré nunca que Patria sea maniqueista. Quizás Patria no se pueda escribir, de momento, de otra manera. Y digo de momento. Y aquí se notan los efectos retardados de sus ultimas novelas, especialmente “Peces de la Amargura”. Y digo esto sin ánimo de ofensa, sin ánimo de echarle en cara a FA algo que intuyo no es debido a ninguna militancia literaria, ni posición política (como se le ha acusado injustamente) salvo aquella que se vende a la pasión por la buena escritura. Algo que en estos tiempos quizá sea difícil de analizar.
Digo que FA no utiliza esta tensión entre las familias que sobrevuelan esta terrible historia llamada Patria como arma de disuasión política al servicio de un interés concreto. Ni lo creo ni atisbo pretensión alguna.  Sinceramente. Pero su novela tiene un efecto secundario que trataré de aclarar.  A medida que vamos devorando páginas, FA nos lleva de la mano hacia esa familia, nos empuja a comprender y sentir a  la familia victimaria. A estar a su lado, a sentir con ella y a rechazar visceralmente  los desmanes de la otra familia.  Y, claro, al no menos despreciable hijo etarra, así como a su madre Miren, a toda la ralea abertzale que pulula entre líneas por Patria y a ese patriota cura Serapio, quien por cierto, en algunas ocasiones, especialmente con Gorka, hermano de Joxe Mari hace todo un ejercicio de apología etarra de una dureza indescriptible y de dudosa veracidad ficticia.
Pero algo más allá de la mitad de la lectura ocurre algo inesperado, la novela se va construyendo a partir de cierto momento olvidando el tono plano, recurrente y quizás utilizado por Aramburu en otras  novelas de reciente creación. Empieza una tensión que te engancha. No por saber el desenlace, sino por saber cómo se comportarán esos tipos dispares que hacen de Patria una coral épica de distintos tonos. Y  creo que es a partir del ultimo tercio de la novela cuando esta adquiere altura, cuando estalla la emoción. Cuando uno empieza a inundar de lágrimas una Patria destrozada. Porque FA tira de emoción, de sentimientos cruzados, de recursos que nos mueven el alma y nos la remueven. Pero todo ello queda en el plano privado de las emociones que sacuden a sus protagonistas. Como si ellos y ellas se enfrentaran  a su infinita negrura y descomposición en una sociedad que pareciera que les ha construido como seres privados de dimensión política y publica. Como si esa barbarie que hemos vivido, ese mundo social que ha construido estas violencias, no tuviera espacio de reflexión en Patria. Y es que pareciera que las dos familias se han quedado un poco huérfanas de  esa dimensión pública y social que también nos construye y explica el por qué somos lo que somos y a qué obedecen nuestras pulsiones.   
Y es que en torno al asesinato del Txato se construyen tensiones, diálogos, emociones, encuentros, idas y venidas que nos ayudan a comprender el por qué de los movimientos viscerales o emocionales de  unos y otros.  Pero no el por qué de esta locura colectiva. Y me hubiera gustado saber eso, más allá de la explicación política que ya me la sé. Porque discursos que la expliquen hay para todos los gustos.  
Creo que Aramburu ha escrito Patria como  un ejercicio atlético de liberación personal,  un ejercicio terapéutico de duelo con su patria, queriendo reconciliarse con ella y con los perpetradores  que durante años convirtieron  a este país en un reguero de sangre. Y esto no es fácil. Porque todavía sigue latente el eco de los disparos, lejanos pero ecualizados por dinámicas sociales que resuenan en el interior de un país que clamaba  y clama, no venganza histórica, sino capacidad para gestionar las emociones ejercitándolas como telón de fondo de la historia por contar y de la novela por escribir. ¿Por qué, qué otra cosa nos mueve que no sean las idas y venidas de  las intensas emociones que nos suben y bajan el ánimo y el alma al leer Patria
Uno acaba la novela y se dice  a si mismo que Aramburu ha querido reconciliar a ambos lados, victimas y perpetradores. Y lo hace. Solo una cuestión por lo que Patria me parece involuntariamente parcial: resuelve este laberinto de compleja resolución desde el ámbito privado, desde las emociones personales. Pero no hace una lectura pública de este terrible desgarro. No digo que lo privado no interese resolver. ¡¡ Faltaría más ¡¡¡ Es lo principal. Pero la trascendencia publica de la reconciliación, si es que debe haber ahora reconciliación, ha de ser prioritaria. No vale pasar página. Y menos solo personal (a través de los encuentros entre victimas y perpetradores) Hay que retomar la lectura de esta catástrofe donde la dejamos. No vale pasar página desde lo privado si no somos capaces de resolver el daño público que ha causado esto. A Patria le falta, según mi opinión, (quizás no lo pretendía) dimensión pública en el entramado de su laberinto emocional y pasional por el que se mueven sus protagonistas. Los actores son ellos y ellas, con sus emociones, sus pasiones, sus miedos, sus limitaciones, sus terribles contradicciones sus fobias y filias. Pero son todo esto además de lo que les envuelve y el porqué han llegado donde han llegado. Y eso no surge en Patria. Insisto, quizás FA no ha querido hacer esa otra novela…, pero a uno le hubiera gustado.