lunes, 26 de septiembre de 2016

Despertares

Traslado de los restos de Mola y Sanjurjo al monumento a los Caídos, Pamplona, 18 de julio de 1961.
Foto: Rafael Bozano

Hay quien dice que a Mola lo resucitó un golpe de memoria. Y unas palabras sangrantes como bayonetas caladas en el pecho de sus víctimas. Lo cierto es que en noviembre de 2016 el general despertó brazo en alto. Lo sacudió de su tumba  una vieja corneta entonando un himno fascista. Había muerto hacía  79 años pero aún permanecía en activo en el mausoleo de los Caídos, levantado en 1942 por orden de un  fascista para honrar una sola sangre. Cuando despertó se encontró con su viejo camarada de golferías sangrientas, Sanjurjo. Ambos, golpistas profesionales y carniceros por la gracia de Dios, se saludaron marcialmente  y recordaron sus muertes. Las suyas y las de sus víctimas. Y volvieron a brindar por ello. Y es que ambos creyeron estar aún en los despachos donde se firmaban día sí, día también, asesinatos en masa. Mola recordó entonces sus propias palabras:  “Todo aquel que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular, debe ser fusilado”.
Isidoro Eguía Olaetxea fue detenido tras el golpe fascista de 1936. Por nada. Y nunca más se supo de él. Esas  palabras de Mola acabaron  con su vida en julio de ese mismo año. A parecer su cuerpo está bajo tierra en el paraje de Las Tetas, en Zizur Mayor. Pero hay quien dice que Isidoro sigue vivo. Porque en noviembre de 2016 lo vieron en los Caídos. Allí se acercó a  Mola, acompañado por  Maya y el ministro del Interior y les dijo: “Ustedes confunden lo público con lo privado y lo mezclan a su antojo. Ustedes no pueden ser equidistantes, ni defender el honor privado de un muerto sin tener en cuenta el sangriento hedor de su biografía. No pueden. Porque ese enterramiento, que yo no disfruto, ha sido durante 55 años una injuria para sus víctimas. Porque otros muertos seguimos vivos clamando un lugar en la historia que ustedes ignoran”. Acto seguido Isidoro volvió a morir.

Artículo publicado el 26 de septiembre de 2016 en Noticias de Navarra







miércoles, 21 de septiembre de 2016

Panteras grises




Jesús pronto cumplirá 84 años. Pero ni su rostro, todavía terso, ni sus ralos cabellos  plateados delatan sus años. A  no ser por esa mirada perdida que a cierta edad sólo descansa en el infinito. Y es que su memoria,   torpe y  desorientada,  es ya un resto de serie de una biografía  que ha sobrevivido a los avatares de un siglo XX convulso y cruel. Jesús es un anciano. Cierto, a esa edad, salvo raras excepciones, la vida es un regalo. Porque a esa edad solo resta reconocer la honorabilidad que confiere la  resistencia vital.  Pero  Jesús es ya  invisible. Porque llegando a ciertos años no cuentas,  excepto para engrosar la lista de espera del geriátrico. Algunos días lo veo  recorrer con enérgicas dificultades, casi siempre en compañía,  la vieja ciudad. Camina despacio, con el tiempo a la espalda,  pero lo hace con firmeza,  como si tuviera una fe ciega en volver a ser lo que fue. Y cada día  pelea con su enfermedad para  encontrar en las calles de su viejo barrio  las huellas que él mismo dejó  hace tiempo. Unas huellas que el espejo matutino se empeña en empañar. 
            Jesús forma parte de ese ingente  batallón de panteras grises despóticamente ignorados en una sociedad trampeada por la cosmética del botox. Y es que el viejismo, esa actitud discriminatoria hacia la vejez, es otra forma de gerontofobia vital en guerra abierta con ese diferente que hay en nosotros mismos. Nadie quiere pensarse ni sentirse viejo. Y  este modelo de sociedad neurótica, en el que la vejez se arrastra como un pesado carromato, despliega un bastardo repertorio de conductas conspirativas y segregacionistas  que definen muchas de nuestras prácticas cotidianas                                                                                                                                                                               
Alguien dijo que el drama de la vejez no consiste en ser viejo, sino en haber sido joven. Quizá por eso, ignorar la vejez se ha convertido en el mejor secreto para lograr una falsa inmortalidad.  A cuenta de esto, está teniendo lugar en Getxo un homenaje a la vejez. Por sus calles pasea estos días gente grande. Por tamaño y por edad. Numerosas fotografías de gente mayor, conocidas y no tanto, de todo el mundo, desafían  los cuerpos esbeltos y maqueados de las adolescentes cuyo pecho ha estallado este verano. La edición de este año de Getxophoto  lleva por título Elogio de la vejez, y es toda  una provocación a las goteras del cuerpo.  Contempar esos cuerpos y rostros de viejos sin edulcorar me hace pensar  que mientras la mayor parte del planeta empobrecido sobrevive a la edad sin pensar en su jubilación, en Getxophoto el envejecimiento puede ser  una elegía cargada de dignidad. Para Jesús.      

Este artículo se publicó en Noticias de Navarra en abril de 2012. 
Hoy es el Día Mundial del Alzheimer                                                   

lunes, 19 de septiembre de 2016

El Pozo


A cierta edad el tiempo te sopla en el cogote por barlovento. Como una gota helada cabalgando sobre un pentagrama sin sonido. Y sientes que cada instante  está  medido por un  golpe de suerte o de pura casualidad.  Y es que hay días que recelas hasta del espejo, ese que cada mañana te muestra una nueva renuncia.  Ayer mismo supiste de un caso fulminante. Casi sin tiempo para inscribirse en  el calentón anual  de deseos  del nuevo curso.  Y te inquietaste o te pusiste a llorar. Como perjurando contra un tiempo vacío. Yo más bien  diría que te entró el pánico.  Y así anduviste toda la mañana, renqueante, como queriendo encontrar  el  libro de instrucciones para ese desaguisado de tu alma inquieta.  En esas estabas, cuando por la calle te sorprendió un desfile infantil.   No tenían más de cinco años. Caminaban  alegres e inocentes alterando el gris marengo de aquella ciudad otoñal. Te cautivó la mirada de una de ellas. Y vistes en la profundidad de sus ojos el pozo de tu infancia. Entonces quisiste descender a toda velocidad por aquel túnel de fuego. Como un yonqui en busca del fogonazo eterno.  Cuando llegaste al fondo sonaba la  tercera Sinfonía  de Gorecki en medio de un amplio surtido de  cicatrices. De aquella edad dorada  no quedaba nada salvo unos recuerdos nubosos, una tierra de nadie, alguna foto de tu madre y poco más. Ascendiste ansioso en busca de la luz.  Los niños seguían con su alegre baile hasta llegar al centro escolar, A donde se perdieron por la puerta de entrada. Mientras seguías sus pasos sentiste  el dulce escozor de una felicidad inexplicable. Antes de entrar, una  de ellas , la que te había contaminado con sus ojos repletos de vida, te miro  y te dijo: “se  escapa de  la vejez cuando uno tiene la esperanza de llegar a un lugar donde, de nuevo, algo puede ocurrir por primera vez”.

Artículo publicado en Noticias de Navarra el 19 de septiembre de 2016




lunes, 12 de septiembre de 2016

¿Qué celebramos?


Vivimos a golpe de fiesta, de juerga perpetua: Sanfermines, fiestas de Calderería, de la Jarauta, san  Lorenzo, santo Domingo, san Fermín Txiquito, juevintxos, , semanas del pintxo, noches del  rosado y fiestas de guardar. Y porque no hay más santos a mano ni más vecindad exiliada que lo soporte. Pareciera que no hay otra forma de hacer vecindad, barrio o  ciudad que no sea a golpe de charanga permanente, de resaca constante.  Como si la muerte nos quisiera pillar de madrugada. Como si  en la farra institucionalizada por  decreto encontrásemos ese estado natural de ser buenos vecinos, consumidores, militantes de barrio y  guais  sin más objeto ni pasión que consumir u organizar fiesta tras fiesta. Como un alocado desfogue.  ¿Qué celebramos a todas horas? ¿Qué razones esgrimimos más allá de una falsa socialización festiva absolutamente despolitizada y desideologizada? ¿O es que tanta fiesta nos redime de algo?  O es que este modelo festivo, atomizado, reiterativo, alcohólico, sumiso y conservador nos hace más qué. ¿De qué, para qué? Díganme si esto es algo más que reproducir modos y maneras de socialización consumista, insostenible, sumisa y adocenada. Un modelo festivo-capitalista que también es segregacionista y clasista. Y esto no lo redime la participación popular ni los foros abiertos o las ginkanas populares.
Hubo un tiempo en que la fiesta fue un espacio excepcional. Un tiempo de celebración: de la lluvia llegada,  del fin la cosecha, del auzolan,  de la vida y de la muerte.  Y hubo un tiempo que alguien gritó Jaiak bai,  borroka ere bai¡ Como queriendo unir un tiempo con otro. De aquello nos queda un modelo capitalista de feria constante,  un tiempo sin costuras condenado a oír los lamentos como una carcajada. Como queriendo eternizar la fiesta para huir de este estercolero.

Artículo publicado el día 12 de septiembre de 2016 en Noticias de Navarra





domingo, 11 de septiembre de 2016

Resistir, pensar con radicalidad en medio del caos


Recientemente cayó en mis manos un libro cuyo título ya me impactó: La insurrección que viene. La autoría venía firmada por un tal Comité invisible. Pero más me sorprendió la contraportada que decía así: «El Comité invisible es una tendencia de subversión presente. Recientemente, varias personas fueron detenidas en Francia por el mero hecho de tener un ejemplar de este libro en su casa. Y lo más inaudito es que se les aplicó, en el país de los derechos del hombre y del ciudadano, la ley antiterrorista»  Esta última frase la leí dos veces. Si aquello era cierto, allí dentro había un material altamente explosivo. Y vaya  si lo había.
            Yo no sé ustedes, pero les reconozco mi desconcierto y mi desfondamiento político e ideológico. Pese al entrenamiento que a diario nos  obliga la vida. Y por más que intento ordenar mis prioridades, mis ideas, y  mis deseos;  por más que  analizo, pienso y contrasto la realidad con los dispositivos de resistencia, opciones políticas y otros aparatos subversivos, si es que queda alguno no fagocitado por las estrategias del capitalismo de última generación, no consigo ubicarme en la tranquilidad –o intranquilidad- que proporciona el saber  si uno está en la línea de combate adecuada. Porque les confieso: no sé cuál es la batalla a la que ahora mismo estamos llamados. Oigo ruido, mucho ruido a mi alrededor. Pero también sé que nada definitivamente importante está a punto de ocurrir. Sé que hemos llegado a un punto en que  el sistema, sus máscaras de ficción, sus instituciones, sus burbujas individualizadas, sus marionetas corruptas y  su tramoya mediática, sometida a una omertá autocomplaciente, han convertido el presente en un callejón sin salida.
Cada día leo y escucho recetas para salir de este atolladero, pero creo que este mundo en crisis ya no se deja pensar, que huye de todo  intento de hacerlo creíble e incluso increíble. Pese a que está absolutamente iluminado. Pese a que no queda nada por ver que no hayamos visto ya: la desdicha, las mentiras, la explotación sistemática, la tortura, la corrupción sistémica, la humillación y  la degradación más absoluta. Tal vez, este mundo no tenga  ya otra forma de sostenerse que mediante la gestión infinita de su propia derrota. Y uno desearía saber qué hacer para enfrentarse radicalmente a él, si es viable y posible  resistir y disentir sin sentirse arte y parte de las estrategias del nuevo capitalismo de ficción. El asunto pues, no es encontrar la palabra adecuada, ni el mensaje más certero, ni siquiera el análisis más objetivo. Quizá tampoco la organización más revolucionaria. El asunto hoy es cómo subvertir la propia vida para que el mundo ya no pueda ser el mismo. Insurrección de la propia vida a falta de una subversión colectiva incapaz de hablar el mismo idioma, subversión de la propia vida ante la esquizofrenia difusa, la depresión servil y la psiquiatrización del conflicto social.
Y aquí empieza la dificultad. Porque si algo nos agujerea el alma, es la impotencia que sentimos frente a toda posibilidad de cambio. Lo anunciamos, lo teorizamos,  pero dudamos de su viabilidad. Ni siquiera  chutándonos con dosis de utopía realizable.   Hubo un tiempo que estuvo claro, sí. Fuimos héroes y  creímos en los sujetos históricos. Y también en las multitudes con rostro. Pero, ¿en qué sujeto confiar hoy como acompañante hacia la Tierra Prometida?  Fuera, nadie nos ofrece la seguridad de protagonizar, de nuevo, una historia interminable. Y es que antes  nos vinculábamos con el pueblo, la comunidad o la clase social. Había  relaciones de pertenencia y con ellas nos sentíamos seguros. Hoy  en la sociedad globalizada estamos solos con nosotros mismos. Porque la sociabilidad de hoy está expandida en miles de nichos, de refugios unipersonales aislados en los que ya  ni siquiera se encuentra el fragor del lenguaje común. Afuera hace frío y todo es falso pese al intento de dotarlo de sentido.  Por eso el nuevo contrato social ya no se basa en la sociabilidad, sino en la introspección, en la individualización de todos los escenarios, sean de vida, de trabajo, de dicha y de desdicha, de depresión o de euforia. El nuevo contrato social nos convierte en productores y reproductores de la realidad, en nudos que refuerzan  la red auto obligándonos, autoinculpándonos y auto reprimiéndonos. Como dice López Petit: «esta movilización global de la vida -que te sujeta con más fuerza conforme más te abandona- ha generado un nuevo tipo de individuo: el ser precario, un sujeto frágil que por puro instinto de supervivencia -por puro deseo de querer vivir- se adapta a todo tipo de condiciones existenciales»
¿Es posible entonces ser crítico, radical, disidente  y combativo hoy? Quizá sí, pero no a la vieja usanza. Personalmente creo que la crítica radical hoy tiene como principal desafío  combatir la privatización de la existencia. Una existencia que ha convertido al viejo proletariado en un obrero hipotecado hasta las cejas, consumidor compulsivo y reproductor de todas las estrategias necesarias para que el capitalismo actual sobreviva hasta hartarse de satisfacción. Pero esta privatización de la existencia, esta suma de yoes en estado de ruina permanente e insuficiencia crónica,  tiene  gravísimas consecuencias: la creciente despolitización de la cuestión social, la desocialización   del sufrimiento y la individualización del conflicto social.  Y es que la gente hoy está solucionando en términos  personales cuestiones públicas que solo deben ser abordadas a través de códigos de trascendencia impersonal. Más claro, asumimos como propios y personales, muchos problemas de orden social. Esto es  lo que provoca el fascismo posmoderno al despolitizar y neutralizar el conflicto social.
¿Qué hacer entonces? Creo que politizar la palabra y la propia vida, repolitizarnos de nuevo desde la individualidad. Porque la política profesional, cada vez más cuestionada, se cierra sobre sí misma sin credibilidad representativa. ¿Quién, de verdad, confía en los políticos que dicen representarle?  Con  su silencio, la población aparece infinitamente más adulta que todos los títeres que se empeñan en representarla. Cualquier sin techo es más sabio con sus sangrantes palabras que muchos  de nuestros dirigentes con sus altisonantes declaraciones. Politizar la propia vida, la propia existencia  es  hoy un acto de disidencia combativa, una resistencia activa. Porque  la vida es nuestra  verdadera cárcel, el instrumento que utiliza el poder para dominarnos y someternos.  ¿Cómo se hace? Como dice Marina Garcés, encarar la crítica pasa por atacar ese yo con el  que  abordamos el mundo, atacar las opiniones con las que nos protegemos del mundo, atacar nuestro particular y precario bienestar. Porque el yo es el dispositivo que nos aísla y a la vez nos conecta en la sociedad-red impidiendo toda transgresión.

Posdata: este texto se publico el 3 de noviembre de 2009  en Noticias de Navarra. Ustedes mismos para juzgar  si el tiempo lo ha borrado del mapa.