viernes, 8 de julio de 2016

Sanfermines en Uganda


No sé quien está detrás o delante de estos niños y niñas. Quienes son sus padres y madres. O quienes fueron. No sé quienes son esos cooperantes que comparten con estos niños un tiempo de otro mundo, el mundo de la amable , inocente y generosa sonrisa infantil. Pero también de su pobreza extensa como las llanuras de su alma. No sé. Y quizás debería de saberlo. Para reconocerlos como se merecen. Porque soy de Pamplona. Porque he vivido ese encierro que emulan con la velocidad de un tiro en la nuca que quizás hayan presenciado. Con esa cara de niño asustado. Y veo este vídeo y me rindo ante la desafiante fuerza de estas imágenes. Y me entran ganas de echar a correr. Y coger el primer avión,  o lo que sea,  para tirar  mañana ese nuevo txupinazo ugandés. Para volver a ver, una y otra vez este vídeo de inmensa belleza. No por lo que cuenta, por lo que se ve, sino por lo que no hemos visto. Porque detrás de esas miradas, de cada gesto, de cada carrera infantil, hay una biografía liberada.

martes, 5 de julio de 2016

¿Por qué seguimos amando a nuestros verdugos?


Más allá de los posibles pactos, de los tiempos que lleven, de quien los lidere, de las carambolas, de las abstenciones, de los acuerdos, de las traiciones y contradicciones, de las renuncias, de las imposibles pero necesarias dimisiones, de los sorpassos y las sorpresas, de los asaltos a los cielos o las bajadas a los avernos. Más allá incluso de unas nuevas elecciones; lo grave, incluso por encima de las urnas y los votos que lo validan es, que mucha gente de bien y de mal, gente que vive o malvive en este reino de España corrompido hasta médula, siga creyendo de manera bastarda en un partido que huele a cloaca, que apesta a matarratas de saldo. Que siga jaleando y dando oxígeno a un hombre gris marengo que ha convertido la democracia en un chiste sin gracia.
Lo preocupante es que millones de votos hayan apoyado y validado a corruptos, mentirosos, traidores, falsarios, tramposos, bribones y fulleros. Además de fascistas graduados de reconocido prestigio antidemocrático que nunca se fueron. Y si se fueron, lo hicieron para afilar los cuchillos. Eso es lo grave. Y lo que cuesta analizar, lo que cuesta entender y digerir como una maldición sin fin. Si fuera diputado me preocuparía eso. Pero soy un ciudadano a pie de obra. Y siento miedo, asco y vergüenza de este país enfangado pero contento con su propia inmundicia. No por sus gentes, sino por esa estrategia de sodomización social que el PP ha puesto en marcha al amparo de una crisis alargada y prolongada, como el siniestro tiempo que nos toca vivir.
Y esto es lo grave, a lo que hay que temer. Más allá de lo que se avecine, de los posibles pactos o futuros escenarios de poder y contrapoder. Más allá de los nuevos tiempos que todavía apestan a viejos. Que el miedo, convertido en arma de dominación masiva, haya inmunizado la bastarda corrupción y podredumbre en que está sumido este reino de España en bancarrota ética y moral, un país donde el bar es el mejor analgésico y donde los ricos y muy ricos disparan sus ganancias a golpe de chantaje, amenaza y coacción. Y si no, que se lo pregunten a un ministro que se hace llamar Fernández Díaz. Lo preocupante es que esos casi nueve millones de votos, muchos de ellos de obreras y obreros desclasados por imperativo legal y social, sirvan para gobernar contra sus propias vidas, contra sus propias conciencias, de clase o de los restos que queden de ella. Y esto es difícil de digerir con las herramientas de nuestro tardofordismo analítico. Pero vivimos tiempos en los que las contradicciones forman parte de nuestras convicciones. Porque mucha gente hace lo contrario de lo que siente, que vive contra su ideario perdido, que vota en contra de sí mismo o de sus intereses. Es el llamado voto prevaricado, el voto corrompido. El que mucha gente emite porque su vida también es pura contradicción, porque se mueve entre dualidad y la segmentación. Porque vivir en conciencia se ha puesto muy cuesta arriba. Y es que corren tiempos en los que la ética es una cuestión de muy mal gusto. ¿Qué por qué? Porque antes sabíamos las preguntas y las respuestas; ahora sabemos las preguntas, pero desconocemos las respuestas. Y ahí, nos perdemos todos. En ese pantanal de dudas azuzado por los miedos. Especialmente en aquellos sectores de población sobre los que la dominación más subjetiva y el control de sus vidas se ha hecho más incisivo y despiadado a través de los diversos controles sociales y económicos. Así que esto es lo grave, que el baile feliz del PP de la noche electoral se hubiera celebrado sobre los cimientos del supermercado en ruinas en que se han convertido nuestras vidas. Y que siga la fiesta como si nada ocurriera. 
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lunes, 4 de julio de 2016

Ara Malikian, el mago de las cuerdas flotantes

Este hombre, con aspecto de jesucristo cacereño, pareciera tocado por una gracia especial. Una magia que emerge  de una sensibilidad desbordada. Un hombre que transmite  pasión y arte en cada movimiento de su cuerpo pegado a un violín sobre su hombro izquierdo, como una chepa de una enorme belleza. Un cazador de instantes transformados  en sonidos. Ara Malikian es un inmenso artista sobre el escenario, un monoliguista, un cuentista, un relator, un cómico que juega con las conversaciones, inventadas o no, un narrador que consigue que su música infinita te llegue y te lleve a esos espacios donde solo el arte puede llevarte, a los recónditos escenarios de la belleza. Y que quieras quedarte allí para siempre. Hasta que cielo se despierte como un relámpago de luz.
En Pamplona, el pasado 1 de julio, Ara Malikian ofreció lo mejor de si mismo en compañía de una banda descomunal, uno de los repertorios más trabajados a los que este violinista sin tejado nos tiene acostumbrados. Un concierto que mostró a un hombre que cumplía una máxima de la poetisa estadounidense Elle Hheeler Wilcox: "Hay dos tipos de personas  en la Tierra, aquellas que se elevan y aquellas que se inclinan", este hombre pertenece a la primera, se eleva y te eleva hacia un universo que visto a través de sus ojos, tiene una muesca. La que Ara Malikian le hace con su violín cada vez que un escenario se abre de par en par.