lunes, 30 de mayo de 2016

Antes muerta que sencilla


Quien pasa de la cincuentena lo recordará: Zain dezagun Belagua! fue más que una pegatina inolvidable. Fue un icono movilizador del primer conservacionismo medioambiental. Un grito contra un cuartel militar inservible que se alzó en Yeguaceros por encima de todas las leyes. Por seguridad nacional dijeron. En medio de aquella juerga antimilitarista y ecologista, unos cuantos gipimontañeros llevaban ya más de diez años haciendo del refugio de Belagoa, (1971) un lugar de referencia para el montañismo vasco. Algunos de mis mejores amigos y amigas los conocí allí,  entre perolas y cuerdas de escalar. Aquello duró hasta 2004, fecha en que el refugio, propiedad de la Junta del Valle de Roncal, se cerró. Cosas del tiempo, los nuevos hábitos de consumo y  el nuevo turismo influyeron en ello. Hoy el refugio es un lugar-ruina que enloquece a quien lo recuerda en plenitud. Un no-lugar en el vacío que clama venganza. Pues Navarra es la única comunidad pirenaica que no dispone de ningún refugio de alta  montaña abierto.
Hace unos meses surgió la posibilidad de recuperarlo a través del proyecto europeo INTERREG-POCTEFA. Así, en mayo de 2015 la Junta General de Erronkaribar lo cedió de forma gratuita a la Federación Navarra de Montaña. Entonces se disparó la ilusión de rehabilitarlo. Y eso abrió las venas en canal de muchas gentes implicadas.

Hace unos días, tras meses de intensas negociaciones, idas y venidas e ilusiones en juego, el proyecto del nuevo refugio de Belagoa se ha venido abajo. Como si quisiera apuntalar su ruina. Alguien ha dicho no. Y nadie sabe a ciencia cierta qué ha pasado. Dice Koldo Aldaz, guarda del refugio en sus años dorados, que antes muerto que ruinoso. Para no soportar la  vileza del declive. Eso, si el refugio no se rehabilita. Zain dezagun Belagoako aterpea !

Artículo publicado en Noticias de Navarra el día 30 de mayo de 2016

lunes, 23 de mayo de 2016

Caridad alimentaria



Uno tiene larga intimidad con la duda.  Fruto de lo que le ronda y no le cuadra. Y es que no es fácil cuestionar la próxima Gran Recogida organizada por el Banco de Alimentos de Navarra. Porque pareciera que uno está en contra de la solidaridad, de la buena fe y mejor voluntad de los mil voluntarios y abanderados contra el hambre en Navarra. Pues no. Les cuento. Yo no dudo de la buena fe de nadie, ocupe el cargo que ocupe, dentro del BAN. Lo que cuestiono es la gestión, la estrategia, la actividad en sí. Porque esta iniciativa, como otras en España, responde a una nueva beneficencia socializada como valor. Un valor que apela a la buena voluntad privada pero que no cuestiona el núcleo duro de la pobreza social. Que potencia la caridad sin cuestionarse la desigualdad y menos la justicia distributiva. Aunque se diga. Que no nos moviliza más allá del supermercado. Ni siquiera a los voluntarios, convertidos en empaquetadores o transportistas. Que no genera redes de solidaridad activa y movilización colectiva. Que no cuestiona que detrás de ese kilo de arroz o de aceite, están los grandes productores de desigualdad mundial. Que nos hace ajenos a  ellos, los necesitados, como si no fueran parte del nosotros.  Y es que estas iniciativas relegan a los necesitados a meros receptores de donaciones. Al caritativismo estigmatizante que culpabiliza a un sujeto empobrecido generando una gran desmotivación y mayor desmovilización. Por si fuera poco, la recogida de alimentos es un gran negocio para las grandes superficies vía deducciones fiscales. Porque yo compro de más y con ello genero más beneficio. Pero yo no lo dono, lo dona la gran superficie. Y esa es la que gana con mi kilo de más vendido  y con la deducción fiscal de mi solidaridad privada convertida en negocio. Así es la nueva gestión neoliberal de la pobreza. 

Dan miedo


Párense en esa mirada. En esa mirada que no es una mirada, sino un asesinato. Miren a esos ojos si son capaces de sostenerle la mirada. Dan causa, dan miedo. Esos ojos no son ojos, son dos puñales afilados que buscan, no consuelo en la otra mirada al vacío de un hombre en el hueco de una tormenta, sino complicidad. Y esos otros ojos del ministro no se asombran, se quedan ahí, petrificados en la escucha bastarda de la próxima víctima, una bandera, un juicio, cualquier cosa. Esa mirada no es una mirada, es un escarnio para la democracia ninguneada y pervertida por esta pareja de servidores de vaya usted a saber qué ley y a qué precio. Dan Miedo. Dan Causa

martes, 17 de mayo de 2016

Rumanos


Son rumanos. Y son gitanos romanís. Nómadas sin territorio, sin estado. Han cabalgado  entre el destierro y el extermino, perseguidos  por los  nazis y  hasta 1958 esclavos en un estado comunista que los disolvió como pueblo a golpe de normalización roja.  Ahora los tenemos entre nosotros. Se calcula que unos 750.000 romanís viven en el reino de España, de ellos unos  420 en Pamplona. Huyen de una Rumanía sobreempobrecida. Y nuestras peores condiciones son sus palacios rumanos. Son nuestros refugiados. Es la minoría étnica más estigmatizada en esta Europa alcoholizada de tolerancia de garrafón. Acusados sin presunción de inocencia alguna. Ciudadanos europeos libres para moverse por un pantanal de prejuicios. Gentes sin empleo, sin ingresos, abocados a una miseria escandalosa. Sobre ellos pesa un racismo indecente, descarado. Por su forma de afrontar una vida que no es vida. Por mostrarnos sin pudor sus maneras de sobrevivir. Eso es lo que nos escandaliza. Su inmerecido derecho a soportar la pobreza.   

Estos días son noticia. No por su miseria banalizada hasta el asco, sino por lo mal que la soportamos los demás. Se habla de ellos, del “Tenis”, de sus prácticas en los márgenes, de la limpieza, de la propiedad de la parcela que ocupan. De todo menos de sus dificultades. Y hablamos de ellos con ese aire de superioridad analítica y de clase  que nos proporciona el lugar que ocupamos; profesionales, partidos, entidades, administraciones, voluntarios y hasta el sursum corda. Y no sabemos cómo acertar con ellos  pero sin ellos. Y nos enredamos en el buenrrollismo, el  voluntarismo, el derecho, la solidaridad y la legalidad.  Arreglar lo del asentamiento, pues sí. No son tantos. Solo una muestra de esa comunidad romaní-pamplonesa que nos reclama otra mirada más global. Mai bine împreunâ : Juntos mejor.

Ver artículo en Noticias de Navarra

lunes, 16 de mayo de 2016

Lo que el santo no ve, o cómo cuestionar los Sanfermines sin dejar ser un buen pamplonés


San Fermín. No hay en el imaginario colectivo pamplonés una evocación más simbólica, más vinculante. No hay. Por mucho que te esfuerces, no encontrarás nada que vincule tanto  a un pamplofascista sin rubor con un izquierdista radical libre.  A una votante UPN con otra de Bildu. Y es que El Santo tiene poderes de seducción que llegan más allá de la ideología que profeses. Porque el Santo está por encima de todo. Para justificar todo. Todo en su honor y deshonor. Y es que Pamplona por San Fermín (en adelante Pamplona por SF)  deja de ser una ciudad para convertirse en un  macroevento festivo de proporciones gigantescas que altera la vida e incluso la muerte  de esta gloriosa ciudad. Pamplona por SF ofrece todas las claves simbólicas para generar una identidad colectiva que esconde y omite la  auténtica realidad de la ciudad, que apaga los focos de los conflictos internos, las contradicciones, las diferencias, los usos y abusos cotidianos de la fiesta en sí. Pamplona por SF trata de lograr, y lo consigue,  un aval de alto rendimiento. Consigue que la ciudadanía defienda esta fiesta sin igual por encima de todo. Más aún,  evita el cuestionamiento de la fiesta en sí y sortea con ello adentrarse en las cloacas por donde circulan los excrementos de las gravísimas contradicciones que  genera.
Pamplona por SF es un macroevento anual.  Nuestro particular macroevento perfectamente embalado en papel-tradición. Y este evento responde, al menos desde hace 25 años, a una pretensión megalómana-festiva que tiene un fuerte componente político superando su pretendida raíz tradicional- cultural. Porque detrás de esta fiesta hay estrategias de ocio, consumo, relación, compra, venta, distribución, marqueting, usos y abusos, modelos de relación y sumisión, absolutamente politizados, pese a quien pese y pese al grito: ¡¡¡ san Fermín, San Fermín ¡!!  silenciador y amortiguador de toda crítica al  Santo y sus delirios. 
Pamplona por SF se convierte así en una ciudad-empresa, en una ciudad-marca, en un proceso industrial con la finalidad de singularizarse como tal y asociar esa singularización a ciertos valores culturales y únicos para vendernos mejor en el mercado de la fiesta sin igual, en la ciudad más casta del planeta. Logramos destacar en el contexto mundial por lo que hacemos, pero también por lo que   dejamos hacer esos días. Por lo visible y lo invisible. Y nos consideramos únicos, porque vendemos intangibles, sensaciones, emociones, sentimientos, símbolos, momenticos de alto valor asociados a nuestra urbe sin igual. Seguir leyendo en Pamplonauta

viernes, 13 de mayo de 2016

Pérdida


Tengo edad para recordar épocas mejores. Pero no tanta como  para reconocerme defendiendo aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Porque no es verdad. Pero sí tengo conciencia de haber perdido algo. Algo quizá definitivo. Y esa perdida tiene que ver con la manera de encarar la vida, de entendernos, de pensar, de soñar, de vivir, planificar, trabajar, compartir, disfrutar, escribir, amar  y esperar. Algo definitivo que marcó una idea de destino y de futuro. Pero también una manera de vivir el presente social, personal y colectivo como pueblo, como ciudad  o como grupo de amigos. Algo que tiene que ver con la realidad y con lo que nos toca vivir  cada día. Creo que no solo hemos perdido calidad de vida, pese a los estúpidos análisis de Del Burgo cuando relaciona esto con la cantidad de móviles que disponemos. Hemos perdido mucho más. La ilusión y la confianza  en cambiar  este asqueroso mundo. Y de eso, le  echo la culpa a estos largos años de gobiernos de  derechas. Así de claro. Porque nadie como ella ofrece un proyecto de vida tan anodino, tan plano, necio, injusto  y  alienante. Su programa  social aspira a que nada cambie para que todo siga igual.  Igual de  bien para algunos pocos  e igual de  mal para muchos más de los que ellos suponen. Porque la derecha nos lleva hacia un infierno moderno, sin compañías diabólicas, un averno que no está ubicado al final del tiempo, sino en el día a día. 

Miro hacia atrás,  y en  las imágenes de ese pasado perdido, en aquel pretérito construido después de años de lucha,  no hay escenas de guerras injustas, ni gritos a favor de la pena de muerte, ni miserables muertes de inmigrantes, ni ilegalizaciones políticas, ni prohibiciones, ni cierres de periódicos, ni especulaciones tan descaradamente justificadas, ni privatizaciones porque sí, ni excomuniones para los díscolos, ni pensamiento único, ni asquerosos programas basura, ni manipulaciones televisivas, ni  ineptitudes bien pagadas, ni políticos indocumentados, ni tanta chulería, engreimiento y villanía.  

Creo que la derecha ha convertido la política y la vida misma en un espectáculo de todo a cien. Porque nunca callar, mentir o hablar estuvo tan barato. En medio de esta mierda, se convocan elecciones y entre las ofertas de ese mercado contaminado, solo alguna me ofrece confianza. Así que,  busque, compare y si encuentra algo mejor que este dramático presente, vote. Porque todo el esfuerzo de años atrás, no puede acabar  en una renuncia alegando que no merece la pena intentarlo de nuevo.

Posdata: este artículo se publicó en marzo de 2004, en Diario de Noticias. Han pasado doce años. Volvemos a estar en vísperas de  elecciones, la vida es un puro espectáculo engrandecido, nunca mentir costó menos, Del Burgo resopla de vez en cuando pero ha sido sustituido por vástagos amaestrados que dicen lo mismo. Y sigo teniendo conciencia de seguir perdiendo. Me pregunto si eso es una tara. Creo que no. Al menos no tanto como para preocupar. Ahora estoy leyendo a Rodrigo Fresán y su "La parte inventada" y creo que la historia no se repite pero fabrica constantes. 


martes, 10 de mayo de 2016

Casa Ortega, de toda la vida


Casa Ortega, Pamplona, calle Mayor, mayo 2016


Uno echa en falta estos escaparates. Esos en los que tu niñez se ve reflejada policromada de  sensaciones. No por echar la mirada hacia atrás en busca de la nostalgia melancólica, que es el principal aliado de la neurosis, sino porque esa mirada hacia atrás te habla de un tiempo más amable. Mucho más. Esta tienda lleva en esa calle muchos años, resistiendo el paso el tiempo, incluso sus dependientes y dependientas mantienen las mismas vestimentas de hace años. Con sus miradas tranquilas, acogedoras y amables. Su lentitud ajena a ordenadores y cajas registradoras. Auténticos apóstoles de la sobriedad y austeridad bien entendida. Apóstoles del decrecimiento acumulado por un saber hacer sin querer ser. Ni más ni menos. Resistiendo el envite voraz de cortesingleses y otras marcas inditexadas,  asesinas de pequeños comerciantes precarizados por una invasión descompuesta. Ortega resiste. Como un baluarte en medio de una calle Mayor que es menor. Ortega es esa parte de la conciencia de Pamplona que se ha quedado pequeña ante el acoso de una mercadotecnia invasiva. Un reducto que merecería ser considerado patrimonio intangible de un casco viejo vendido a la hostelería más bastarda. 













Los apóstoles del ¿cambio?


Aquellos dos jóvenes tenían orígenes diferentes aunque decían ser hijos de la misma madre. Uno procedía de la camada de socialistas guapos que apuntalaron la socialdemocracia más bastarda, y el otro se había preparado para asaltar los cielos después de un encuentro con Lenin cuando tenía cinco años. El uno se llamaba Pedro y dijo que sobre aquella piedra, llamada España, escribiría su historia. Pablo, el otro apóstol de la izquierda emergente, dijo que jamás reconocería a un hermano que le había negado tres veces. Y así ha sido.
Pedro le ponía tesón, incluso su salmodia pretendía recuperar el tiempo perdido. Pero tenía un grave problema con su mitra socialista. Y es que él no mandaba en su reino. Había barones que le recordaron que las aguas no se dividen por arte de magia. Que hay líneas rojas marcadas a sangre y fuego. Que si no se acordaba. Que qué se pensaba. Y aquellos barones le recordaron que lo de pactar con los arcángeles bastardos de la secesión ni hablar. Ni siquiera entenderlo o intentarlo en aquel reino indivisible por obra y gracia de una España grande y libre hasta que el tiempo se rompiera. Así que buscó un aliado que le siguiera en aquella aventura de hacer como si no hiciera. Y buscó al otro apóstol de la ciudadanía blanda y light, ese san Albert a quien se le atribuye el milagro de la reconversión de la mano derecha en otra mano derecha blanqueada y sin manchas. Y con él se alió en un pacto-trampa. Pero en el fondo, Pedro lo que quiso conseguir con esta firma fue avalar su miedo a meterle mano a la economía de una España que se desangraba y exigía venganza social. Una España en bancarrota anegada de corrupción que exhibía corruptos y corruptores sin que al parecer eso tuviera una trascendencia política más allá del «en eso estamos». Porque aquel apóstol ciudadano de bienintencionadas palabras exhibía un populismo reiterativo que tiraba de patria sin cuestionarse la estructura que la sostenía.
Mientras tanto, Pablo el de las Iglesias heterodoxas, tensó la historia hasta más no poder. Como buen postmarxista enhebrador de utopías. Pero también sabedor de que hay una cuerda frágil y endeble que une la realidad con un estallido sin retorno. Con ese punto ciego de toda revolución incontrolada. Él apuntaba en esa dirección. Dicen que él también cedió en el tablero de las negociaciones, los acuerdos, y los sillones, pero que en medio de esos meses vacíos conoció la dureza de una realidad que destilaba cianuro. Una realidad que ya nadie sabía a ciencia cierta quién controlaba. Porque ciertas teorías habían dado por seguro que antes de volver a las urnas, los poderes reales, los lobbys económicos y mediáticos, el Ibex35 y los mariocondes que aún quedan libres, forzarían el proceso de una gran coalición centralizadora, hiperinmovilista y capitalista a ultranza. Pero eso no ha ocurrido. Y eso nos hace pensar que, quizás, esos poderes no han sabido o no han querido forzar ese escenario. Porque quizás esperen mejores resultados tras una segunda vuelta electoral.
Y en otra esquina de esta tramoya, un tal Rajoy ha esperado a que el tiempo, el temporal o las ganas de unos y otras se consumieran como la cera de las velas. Ese tal Rajoy ha preferido ocultarse, quedarse quieto en la mata, dejar que otros se quemaran en el proceso para arder lo menos posible. Aunque la corrupción ya no encuentre suficiente espacio expansivo ni en su propia casa.
Así las cosas, iremos a unas nuevas elecciones. Dicen que ha faltado consenso. Que esa es la clave, que los líderes no han sabido negociar, que no ha habido altura de miras, que ha habido personalismos, egolatrías, estrategias ocultas y poco o nada de patriotismo, como si la patria contara algo cuando la realidad demuestra lo contrario. Que no ha habido sentido común. Y que unos más que otros. Pero que, cada uno con lo suyo, los cuatro partidos con posibilidad de pacto han sido responsables de este fracaso.
Servidor cree que este diagnóstico es el más infantilizado y menos político que se puede ofrecer a una ciudadanía desempoderada e ignorada. Servidor cree que el resultado es lo que es, que ha habido muy poco margen de maniobra política y que la relación de fuerzas daba para lo que daba. Y ello ha evidenciado la debilidad de las herramientas de análisis y de movimiento de los dos partidos más a la izquierda, PSOE y Podemos. Esa debilidad analítica es la que tiene que ver con la capacidad de diseñar una hoja de ruta segura que incida en un cambio real. Que incida sobre las estructuras sociales, económicas y políticas. Esto es posible. Otra cosa es que los discursos hegemónicos desmovilizadores nos vendan la inmutabilidad de todos los procesos.
Y es que este reino de España tiene gravísimos problemas estructurales. De todo tipo y condición. Y afloran ahora. Y gestionar esta pocilga exige más que pactos. No solo mantener las condiciones del estercolero. Exige políticas económicas y sociales muy duras. Pero en beneficio de quienes se han ahogado en la balsa de la medusa de esta historia interminable. Y cuando esto se pone en la mesa de negociación del presente, se demuestra que las resistencias y las líneas rojas ultraliberales pueden con todo. O con casi todo.
Mientras, en Euskadi, las elecciones del 26J pueden ofrecernos algunas pistas o tendencias de cara a las autonómicas de otoño de 2016. Y en este sentido son más importantes de lo que pudiera parecer. Porque pueden interpretarse en clave de primarias. Eso sí, salvando las distancias entre unas generales y unas autonómicas y su significación simbólica y política. Y serán importantes porque Otegi se presentará como el restaurador de las estrategias de una izquierda abertzale necesitada de renovaciones discursivas y porque en él se confía como elemento integrador de dinámicas convergentes y divergentes. Pero aún más. Por primera vez un partido político de corte neoconstitucional y de ámbito estatal puede emerger en el escenario vasco disputando la hegemonía, no solo política, sino también compitiendo y fagocitando las partes del discurso político clásico de la izquierda abertzale. Y también reformulándolo y reinterpretándolo en clave nacionalista. Podemos lo sabe y la IA también. Y en estas elecciones está en juego el control de ciertos caladeros fieles de votos abertzales hipotecados por falta de oxigenación externa. Y esto puede alterar las perspectivas clásicas de la izquierda abertzale. Al menos en ciertos territorios, lo evidenciaría la necesidad de un cambio de su hoja de ruta. Y esto en un escenario de relanzamiento de la soberanía vasca –vía imitativa catalana, u otras formulas por imaginar– por parte de la IA puede resultar cuando menos todo un reto.
Así que habrá que votar de nuevo. Pero que nadie interprete este acto como un hastío o un aburrimiento. Cierto que los votos a palo seco se indigestan y se atragantan, más cuando la política con mayúsculas pierde prioridad y peso entre los gestos de la ciudadanía. Pero hay que votar. Para romper la dinámica inhibicionista que se quiere imponer desde los discursos hegemónicos a través de la venta emocional del hastío, el aburrimiento y el «todos son iguales». Porque esa estrategia busca la abstención. Y ya se sabe adónde van los votos de una izquierda abstencionismo

lunes, 2 de mayo de 2016

¿Hay razones todavía para el Primero de Mayo?


De qué sirve decir que los derechos sociales, conquistados por cinco generaciones del movimiento obrero mundial están en bancarrota. De poco. O de nada.  Claro, hablar del Primero de Mayo aquí, en la Comunidad de la excelencia, de la sobreabundancia, de la primacía  en casi todos los órdenes de la vida espiritual, algo menos de la  corporal;  laboral, empresarial, comercial, deportiva, turística, religiosa, cultural o, hasta gastronómica,  es poco menos que un desafuero. Hablar del Primero de Mayo aquí y en 2007, en la Navarra sobresatisfecha, sobredimensionada, sobrada de índices de calidad, excelencia, eficacia, eficiencia y demás ítems valorativos de nuestra calidad de vida, es un atentado. Ganas de joder la manta. De hacerse el gracioso.  Demagogia de saldo o jipitrasnochismo biodegradable.  De no saber de qué va, de verdad, la realidad social, política y laboral de esta Comunidad. Una tierra  llamada a ser la California del Norte. Claro, hablar de esta efemérides rancia, casi ahistórica, de este evento marxista, comunista, obrerista, internacionalista o izquierdista es una vaga y delirante superchería de mal gusto que en esta Navarra feliz no tiene sentido. Hablar del Primero de Mayo suena políticamente incorrecto a estas alturas de la historia en la que quedan pocos obreros, aunque haya, eso sí, muchas más obreras y que, por cierto, ganen menos que ellos. Vale. Pero si  no podemos hablar, ni recordar  ese Primero de Mayo marcado a sangre y fuego en  la historia del movimiento obrero, ese que muchos todavía recordamos,  hablemos al menos de los nuevos Primeros de Mayo diarios, de los de cada día. De esos lunes al sol, un sol que aquí en Navarra es más bien escaso. Y lo hagamos, aunque vivamos en esta Arcadia radiante que, si bien es cierto que dicen que es feliz, lo es a costa de algo. Pero sobre todo, de alguien. Y es que esta Comunidad, tan ufana y satisfecha, con unos agentes sociales absolutamente pesebrizados, una clase obrera, la del trabajo estable y protegido,  instalada en el corporativismo más absolutista y unos sindicatos mayoritarios muy engrasados por la socialdemocracia más liberal, se ha olvidado de rendir cuentas ante los verdaderos artífices de nuestro bienestar entrecomillas. Porque otras nuevas clases obreras, intangibles e invisibles,  son las que soportan, con su degradación,  la amenazada estabilidad laboral de que disfruta la clase obrera navarra.  O la vizcaína o la catalana. Es igual.  Si por algo  hay que reelaborar el Primero de Mayo es por la visibilización de esos millones de obreros sin contrato, esos millones de mujeres que se dejan la vida en las maquilladoras, o por los trabajadores y trabajadoras sin derechos del sector servicios de las grandes ciudades globales  y los infla asalariados que mueven los macrocomplejos  agroindustriales alrededor del mundo. En definitiva las nuevas subclases obreras globalizadas  divididas en segmentos nacionales, raciales, étnicos y de género. Gente a la que le cuesta unirse para gritar otros basta ya. Y es que haciendo visible a esta infraclase obrera y  reconociendo su explotación, pero sin dejar de observar nuestra explotación concentrada  en los jóvenes, las mujeres y los inmigrantes, podremos reivindicar con cierta honestidad el recuerdo de un tiempo repleto de utopías. Creo que en este día cargado de banderas, faltan abanderados. Este día absolutamente fagocitado por el gran capital debería servir para desafiar los números que la artillería de la estadística oficial nos arroja a la conciencia para seguir pensando que estamos en la  mejor poole position del mundo mundial. Porque no es verdad. O es una verdad a medias. Y sé que es difícil desmontarla. No obstante, en esta Navarra que no cabe de gozo, pese a tener el índice de desempleo más bajo del Estado, no es menos cierto que las tasas de precariedad y temporalidad son escandalosas. Casi el 27 por ciento de los contratos están afectados por la temporalidad precaria y sin blindaje social o sindical. Y es que así, y solo así es posible mantener ese paro estructural dado por aceptable en todas las mesas de negociación. Y esa gente cada vez es menos libre. Porque no tener garantizada la existencia es perder autonomía personal. Porque no son ya los  “mileuristas”, sino los ochocieneuristas los que crecen sin parar: ya son el 57% de la población trabajadora  de España, en donde, dicho sea de paso, en los dos últimos años la remuneración salarial ha pasado de representar el 47,71% al 46,12% del PIB, mientras que los beneficios empresariales han pasado del 41,78% al 42,25%.
¿Celebrar, recordar, reivindicar el Primero de Mayo? Uno cree que sobran razones. Pero quizá haya que redibujar el mapa de la explotación, definir los nuevos sujetos a los que dirigir la mirada: los millones de excluidos sociales, los que están en la cuerda floja, la gente que vive en las periferias, los inmigrantes a los que no se les reconoce el derecho de fuga en busca de la dignidad, las mujeres pobres. Nuevos territorios de lucha, nuevas subclases y nuevos sujetos que el sindicalismo no es capaz de integrar en sus agendas. Si para algo puede servir este Día es para rebasar esa idea que nos domina acerca de la imposibilidad de superar el capitalismo planetario. Esa que solo nos permite hacerlo más humano y más benévolo con los pobres. No es verdad.  Porque también se puede organizar la producción, el consumo y las estrategias de mercado  de modo más democrático y participativo. Porque todavía no está dicha la última palabra.

Posdata: este artículo se publicó en DN en 2007. Salvo algunos matices temporales y ciertos datos,  lo volvería a publicar tal cual.