martes, 24 de noviembre de 2015

Abel encuentra a Caín



El navarro Abel Azkona  puede ser un mal artista, depende de quien lo juzgue. Y esta exposición, que se lleva a cabo en Pamplona,  una provocación. Quizás. En eso se ha convertido este arte postmoderno cargado de vacío y avalado por el capitalismo estético. Lo cierto es que con ella, han saltado los plomos de una ciudad de provincias y una clase política a la altura del Arga y poco más. Lo que evidencia el conflicto es que la ética privada pesa mucho. Más de lo que parece. Y quienes protestan por esta blasfemia tienen razón. Son libres de sentirlo así. Pero su razón es privada y su ámbito de expresión no debiera traspasar ese umbral. Asirón, nuestro alcalde comete un error. Él está para gestionar el espacio público y todo lo que acontece en sus fronteras. No el privado. Esto pertenece a la ética privada que nunca puede exigir que desde lo publico se protejan ni religiones, ni fes, ni dogmas, ni creencias privadas. Ni en su favor ni en su contra. Asirón es el alcalde de toda la ciudadanía pero no el defensor de ninguna fe. Por mucho que duelan algunas manifestaciones tachadas de blasfemas. Asirón se entromete en una zona roja de alto voltaje. Esa que marca al político laico y libre del político hipotecado por el peso de una política envilecida por la moral. Por mucho que esa moral sea eximida por una parte de la ciudadanía representada
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