domingo, 18 de octubre de 2015

La piel de Curcio Malaparte


El último texto de Curcio Malaparte (Prato 1898-Roma 1957)  en castellano es el editado por Tusquets, El Volga nace en Europa, el volumen recoge sus años de corresponsal de guerra en el frente ruso entre 1941 y 1943, además de la novela cierta El sol está ciego. Pero sin duda alguna, Malaparte destaca por dos grandísimas novelas, Kaput y La piel. Sin ellas, la Segunda Guerra Mundial no hubiera sido entendida en toda la locura desmedida que rebosó por frentes de batalla y cielos enrojecidos por la ira y la sangre. Pero para saber de este personaje, fascista y después comunista dotado de una pluma que desgarra por su belleza onírica, hay que leer su biografía, de Maurizio Serra (Tusquets)

Arzobispo


Aquel   hombre se había  ganado su puesto  a pulso. Aunque no era la primera vez que se sentaba  en el consejo de dirección  de aquella  multinacional de la fe.  Entre los ejecutivos de alzacuello de esa empresa con acciones en todo el mundo, gozaba de gran prestigio y respeto. Su curriculun era tan impresionante que ninguno de sus compañeros de fe y oración le hacía sombra. En su día, cuando la juventud aún se le paseaba por el alma,  tuvo su momento de debilidad y  llegó a ser considerado progresista. Pero el tiempo, las influencias  y el poder le han situado donde, tal vez,  siempre quiso estar. Por eso ha vuelto a ser nombrado Secretario General de la Conferencia Episcopal  española.  Este hombre, vestido de impecable gris marengo,  pudo haber inventado a Dios pero no lo hizo porque el mismo Dios le advirtió que eso era un acto de soberbia. El arzobispo siempre se ha movido entre silogismos y dogmas de fe, entre verdades como puños y sentencias inapelables.   Tiene fama de buen teólogo, pero yo creo que,  como todo  teólogo, sigue haciendo teología aun después de haber llegado a la conclusión de que  Dios no existe.  No obstante el arzobispo es un profesional de la fe y como tal se vende en el mercado de las creencias. El problema es que sus principios e ideas tienen patente bíblica y, por tanto, no admiten fecha de caducidad. Y eso es lo primero que miramos en la tapa del yogur. Por eso me molesta que siga vendiendo cataclismos morales que tienen menos garantía que un simple tostador.
A  la moral católica y  al discurso etiquetado que  se vende  desde su empresa, le sobran dogmas, abalorios, condecoraciones  y parafernalia. Y le falta nervio, compromiso, rigor, actualidad  y autocrítica. Y es que este hombre se despacha a gusto sobre cuestiones como la familia, la vía ética hacia la autodeterminación, la homosexualidad y la moral aplicada a las buenas y malas costumbres. Parece que este hombre tiene las llaves del reino de los cielos escondidas en cada versículo que entona de vez en cuando. No estaría de más que se soltase su escasa melena y enarbolase una cruzada contra las pateras, las mafias que chulean prostitutas, la pobreza, los malos tratos, las inversiones de la Iglesia, el desempleo, la precariedad, la ética de ciertos  banqueros o los negocios de algunos  usureros. Y es que, los teólogos como él, retuercen la vida de tal manera que en el fondo no les importa que el mundo se hunda con tal de salvar su orgullo de profetas.

Posdata: este artículo se publicó en Noticias de Navarra en 2002. Me dirigía a a Rouco Varela, aunque no lo tengo muy claro. Pero creo que tiene validez para confirmar que esta casta eclesiástica sigue empeñada en aplicarse a sí misma una doble moral, o incluso a veces, ni eso. Estos días al Cardenal arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares se le ha ido la lengua más de la cuenta y ha acusado a los refugiados de no ser trigo limpio. Ayer mismo dijo, para lavarse la conciencia,  que se han malinterpretado sus palabras. ¡¡¡Vaya por Dios ¡¡¡ Otro que se echa en manos de la divinidad para ser salvado del demonio que lleva dentro