martes, 23 de junio de 2015

Verano

                                     
          

Llega el verano. Ya las chicharras cantan hasta el anochecer y todos  buscamos cualquier excusa para ralentizar nuestras neuronas. Incluso esta ciudad baja su ritmo de confrontación y se prepara para esa fusión entre la resistencia y el desorden que culmina en un relámpago que sólo descarga alcohol.  Quisiera irme tranquilo, al compás de un tiempo parado, de un ritmo cadencioso impuesto por los vermúes de media mañana, las gambas al ajillo y un sol de justicia abrasándome  los sesos. Pero este tiempo laxo de pensamiento débil y realismo sucio es implacable. Así que, durante el estío, los asesinos seguirán limpiando la sangre del cuchillo con su propia saliva, los  estafadores tramitarán su declaración de la renta con un saldo negativo, los cursos de verano versarán sobre la excelencia del codillo de cerdo, David Bisbal compondrá canciones para ser escuchadas en el depósito de cadáveres, algún  periodista sin escrúpulos  ganará un prestigioso premio literario, el telediario emitirá la ejecución de un disminuido psíquico en horas  de máxima audiencia, Jehová sulfatará de nuevo los campos  palestinos con versículos cargados de metralla y los tiburones de secano enseñarán sus blanquísimos dientes en busca de su ración diaria de corrupción. Mientras esto ocurre, los grillos entonarán sus salmos con gran sonoridad y  el mundo seguirá  vomitando desgracias que, ya ni siguieran ocupan media columna en los periódicos. Y es que, esta sociedad está a salvo gracias a una legión de guardaespaldas que vigilan los sótanos y  los despachos  de las grandes corporaciones para imponer la filosofía del mastín.


No obstante, nada impedirá que el verano sea como debe ser. Una estación para la pereza. Por eso, pese a todo, ahora están madurando los tomates, en el pecho de algunas muchachas se ha producido un grandioso fogonazo que no desean apagar, algunos profetas, a la sombra de la resistencia, todavía inventan una nueva utopía y algunas personas sensatas han decidido tirar su televisor a la basura. Es verano,  y por muy desdichado que te sientas, tú inicias el movimiento del mundo cada vez que te despiertas.

Posdata: este artículo se escribió la noche de san Juan de 2004 y se publicó en Diario de Noticias dos días después. No cambiaría una sola palabra, excepto que David Bisbal ya no es aquel rizos de oro y que este verano la canción del estío está por ser cantada. 

Investidura


La futura presidenta se concentró con la elegancia que requiere un ritual sagrado. La noche anterior cenó frugalmente y se acostó bajo el efecto onírico de la novela de Saizarbitoria, Hamaika pauso. Se levantó al alba, cuando la luz disecciona los sueños más extraños. Se acicaló y recompuso su cuerpo como un samurái antes del combate. Se sentía entera y verdadera; si bien a la altura del diafragma notó un big bang que explosionaba con cada respiración. Supuso que eran los nervios propios de quien va acceder a un estado de gracia tensionado por noches de vigilia y días de gloria. Mientras se miraba en el espejo retocando las briznas de su fina cabellera, apareció su imagen de años atrás. Sabía que aquella mañana le obligaba a un esfuerzo especial. Pero no más que otras mañanas en las que el combate por la vida le había exigido sobredosis mayores. Ahora se enfrentaba a un poder envenenado que había que purgar con matarratas. Conocía su perversa alquimia fusionada por los mayores corruptos del planeta. Pero creía en su mutación. Todo era cuestión de mezclar las ajustadas dosis de honestidad, sinceridad y sentido del deber. Y ella se sabía la fórmula de carretilla.
Así que aquella mañana de ceremonia, vestida con la elegancia de quien cree que los colores son las extremidades de la luz, quiso beberse la eternidad en un segundo de elipsis. Pero también sintió el miedo; como un perro que estuviera ladrándole a la muerte. Cuando fue llamada para jurar como presidenta de aquella tierra cuya realidad se había sublevado, respiró profundamente. Miró a todos los parlamentarios buscando su aprobación. Algunos le retiraron la mirada, otros sonrieron. Entonces pensó que el corazón colectivo de aquella comunidad volvía a latir de nuevo.