miércoles, 22 de abril de 2015

Mexicanización española


Rajoy fue detenido en la madrugada del 1 de mayo de 2015. La Policía entró en su casa y se lo llevó esposado mientras sonreía con el rictus de un degollado. La acusación era implacable: desfalco, prevaricación y estafa a gran escala. Horas antes, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, ingresaba en prisión con cara de no haber roto un plato, acusada de tráfico de influencias. Montoro llevaba dos días en la cárcel de Topas tras la huida de Rato, cuya presencia se había detectado en las Islas Caimán. Tres ministros más, acusados de malversación, estaban citados por el juez Ruz para el 3 de mayo.
Mientras tanto, en la sede del PP de Génova reinaba un gran ambiente. Más de cien cargos electos celebraban una convención sobre la regeneración de la política. Con la canción Calle sin luz, de M-Clan a todo volumen, todos degustaban canapés y cava catalán a raudales. En medio de la euforia, la ministra Pastor, arengó a los suyos y dijo: “A menudo es necesario llegar al máximo de agotamiento para ponerse en camino”. Todos corearon su nombre mientras enarbolaban las fotos de los ministros y exministros del PP que dormían en la cárcel. Y todos brindaron por la nueva victoria electoral. Pareciera que aquella gente no buscara el arrepentimiento, solo más tiempo para el banquete.
En la calle, la vida había huido espantada ante este espectáculo bochornoso. La gente sentía, sí, que aquello tenía que reventar para llevarse al infierno más profundo aquella banda de sátrapas depredadores. Pero desconfiaba de una nueva victoria. Porque sus desmanes les parecían tan venerables como la fantasiosa evocación que producían. Y es que aquel reino de España se había mexicanizado a las puertas de unas elecciones que solo buscaban rescatar entre los escombros del tiempo los innumerables cadáveres del PP.

Abril


Podría ser un mes cualquiera. Pero no lo es. Abril deriva del latín “aprilis” que viene de “aprire” (abrir). Y es que en esta época en Roma ya es primavera. Aquí no tanto. Habrá que esperar hasta primeros de junio para saborear de verdad el encanto de los primeros soles. Para que la sublime vegetación rompa en mil pedazos la monotonía de los inviernos de esta Pamplona gris marengo que nos acompaña durante más de medio año. Es un mes malencarado con la tierra. La huerta de Pamplona está casi vacía a la espera de la gran explosión de mayo y junio. Llueve sí, pero el olor de los campos mojados ya crecidos, anima el alma dormida de esta provincia a la que solo parece importarle el mes de julio.
Abril está en la frontera, en ese territorio del cambio. Más allá de esta fecha, el horizonte se despeja para encarar de verdad el tiempo preciado, el sol, la luz nítida de las mañanas y el canto de las chicharras. Abril se presenta, en ocasiones, salpicado de rojo en el calendario. A veces se llega a él, hecho unos zorros después de un trimestre sin fiestas de guardar (eso para los que trabajamos, porque para muchos, todo el año es un eterno lunes al sol); entonces, el viaje se impone. A servidor le gustaría iniciar un viaje con las cosas imprescindibles y el recuerdo de Ulises en la maleta, que partió pensando en una breve expedición de castigo y tardó veinte años en volver. Pero la realidad es que nos vamos para alejarnos de nosotros mismos. Y es que la fuga hacia cualquier sitio se convierte en el único acto salvador frente a la constante batalla entre el yo y sus alteraciones.
 Y hablando del yo. Pocos personajes como Oteiza, que eligió el mes de abril para despedirse, quedan en pie, muerto pero en pie,  para desafiar a la posmodernidad, ese invento filosófico de dudoso rigor, que no ha proporcionado todavía pesos pesados como este hombre en constante cabreo con el cosmos. Oteiza se pasó  la vida entera en tensión, echándole un pulso al mundo y retando al universo.
Hace quince años, este hombre en constante cabreo existencial, se largó con su pesimismo radical, con su  desesperación congénita, como el viejo Cioran.