sábado, 28 de marzo de 2015

¿Deflación sindical?


 Nunca como hoy los sindicatos han sido tan necesarios, pero nunca como hoy fueron tan cuestionados. ¿Tienen que reinventarse? ¿Sirven hoy para lo que sirvieron ayer? ¿Mantienen la legitimidad social de antaño? ¿Tienen capacidad para reinventar nuevas luchas obreras? ¿Ocupan todavía un lugar entre los sujetos sociales? Son preguntas fáciles de formular pero difíciles de responder. No son asépticas. Porque, al margen de la oportunidad de su formulación, son introducidas en el discurso social de manera intencionada por los grupos de presión mediáticos y creadores de opinión para abrir una grieta ideológica en el mundo del trabajo, sus regulaciones y los sujetos que tradicionalmente han servido de mediación: los sindicatos, organizaciones históricas que hoy están sometidos al mayor linchamiento mediático jamás conocido. Ya lo dijo Esperanza Aguirre ante la huelga general de 2012: “Estos sindicatos caerán como el muro de Berlín” Es cierto que los sindicatos, concebidos y construidos como estrategias de unión y producción de presión colectiva frente al capital-trabajo no son lo que eran. No porque ellos hayan cambiado, que también, sino porque el capital productivo y las estrategias de dominación laboral se han reformateado al compás de la globalización económica que ha sacudido al mundo en los últimos treinta años. Porque la brutal crisis recesión económica que padecemos ha activado proveedores de ideología ultraconservadora que se contagia en las barras de bar, cenas de amigos y hasta en la cola del paro. Y los sindicatos no pueden ser ajenos a esto. Porque sus clientes, coticen o no, son las víctimas segmentadas de este huracán neoliberal y del nuevo capitalismo de ficción, ese que se despliega para fascinarnos, mimarnos, engatusarnos y ofrecernos el mundo como un espectáculo de bienestar. (Verdú) Las cuerdas de la lucha entre el capital y el trabajo han sido tensadas y destensadas a lo largo de la historia del movimiento obrero por las organizaciones sindicales. Con sus más y su menos. Así ha ocurrido en el reino de España –desde la firma del Estatuto de los Trabajadores (1980) hasta la última Reforma Laboral de 2012- en un escenario en el que el contrato social fue arte y parte de las agendas de ambas fuerzas. Como lo fue la negociación colectiva, la concertación y el respeto a la jurisdicción laboral. Pero la última reforma laboral de 2012, posiblemente el producto estrella del ultra neoliberalismo laboral español, representa el punto álgido de la inflexión hacia la desregulación laboral y el trabajo low cost. Porque significa la ruptura del pacto social entre trabajadores y empresarios y porque su implantación nos lleva a la desecación progresiva de múltiples derechos laborales y el empoderamiento bastardo de la clase empresarial que aumenta sus prerrogativas sin escrúpulo alguno en nombre de una crisis que ellos, los sindicatos no generaron. Pero la actual crisis no solo está devastando el Estado del Bienestar. Ha alterado las relaciones de producción y sometimiento. Ha programado nuevos paradigmas de socialización y de relación con el propio mundo del trabajo. Cierto que el trabajo sigue siendo un pasaporte de acceso a la ciudadanía social. Pero cada vez menos. Porque cada vez hay menos y de peor calidad. Y es que el trabajo se ha permutado debido a las nuevas maniobras productivas y de gestión del mismo. Nuevos conceptos como la segmentación laboral, la disociación entre trabajo fijo, eventual, precario y el trabajo-basura, la deslocalización, el trabajo inmaterial, la sobrevaloración del trabajo del conocimiento, la descolectivización del trabajo lineal, la soledad del trabajador precarizado sin defensas; deberían formar parte de la nueva agenda sindical. Y es que todo ello forma parte de las nuevas socializaciones laborales donde el nosotros colectivo ha perdido toda su fuerza y el yo precario y solitario se ha impuesto como manera de vivir un trabajo cada vez más líquido y desprotegido. Y a esto se enfrentan los sindicatos; a nuevas formas de gestión, no solo productivas, sino también a nuevas estrategias de protesta, de negociación, reivindicación, representación y de lucha en un contexto de absoluta personalización laboral. Porque la desregularización del trabajo nos aboca a la perversa individualización del conflicto de clase. Una individualización que pesa sobre la vida de la gente casi sin ser percibida. Porque el poder biopolítico ha transmutado la socialización colectiva de la lucha de clases por la defensa a ultranza del yo precario individualizado y aislado. Y esto es algo que los actuales sindicatos no abordan. No porque no lo analicen -espero que sí- sino porque sus estructuras, sus agendas, sus dinámicas todavía están al servicio ese nosotros social desaparecido en combate. Esa individualización política y social, más allá de la privacidad personal, forma parte de la propia individualización de la crisis, asumida personalmente por todos nosotros como parte convicta y responsable de la misma según el discurso hegemónico. Y nos hace responsables de la misma y de los costes que genera con su penitencia incluida: reducciones salariales, liquidación de garantías laborales, flexiguridad laboral, despidos, EREs y deslocalizaciones. En esto consiste también la dominación biopolítica de la vida laboral que los actuales sindicatos, creo, no enfrentan. Porque todo esto pasa factura a los sindicatos, sean de clase, nacionalistas, minoritarios, altersistémicos o pactistas. Porque la crisis va dejando un reguero inmisericorde de secuelas, de sujetos desgarrados y de nuevos problemas por abordar; como el alejamiento de los sindicatos de los sectores más precarizados y su escasa a nula capacidad de empatía con ellos, su debilidad para adaptarse a la actual organización del trabajo, su dificultad para acercarse a los colectivos más jóvenes y más excluidos del mundo laboral -gente con el mayor bloqueo vital de la historia con una tasa de paro del 57%,- , la compactación de clases al ejercer la precariedad laboral un efecto transversal sobre clases tradicionalmente blindadas, la tensión y contradicción de algunos sindicatos al avalar medidas de austeridad y la consiguiente identificación de estos con el establishment gubernamental, los recientes casos de corrupción en el seno de algunos de ellos con la consiguiente deslegitimización social y política y el sistemático ataque hacia ellos por parte de los medios ultraliberales que solicitan su disolución por anacrónicos, subvencionados o poco representativos. A todo esto se enfrentan. Por eso es urgente en este contexto de desmantelamiento del Estado Social y desafección política, del cual no están exentos los sindicatos, que éstos revisen, no ya su rol en las actuales circunstancias sociales, donde una gran mayoría de población absolutamente vulnerable y desprotegida no está sindicada, sino las metodologías de lucha, de confrontación con el capital y sus estructuras de poder, de sus mensajes, sus coordinaciones con colectivos sociales vulnerables y su capacidad de reorientar dinámicas de lucha más allá de las tradicionalmente emitidas por la historia y la memoria. Partir de uno mismo, de sus necesidades y sus criterios, al margen del nosotros colectivo y revolucionario, es simplemente colaborar con la individualización que desmoviliza, divide y fragmenta capacidades de lucha y resistencia.

Del derecho, a la limosna



Dicen que la crisis, o el negativo de la crisis, nos ha vuelto más solidarios. Incluso que la crisis ha sido positiva para activar nuestro yo más recóndito. Y que a más crisis, más solidaridad colectiva. Y eso se celebra. Como un triunfo de nuestros yoes militantes y comprometidos a falta de un Estado Social dormido o huido de sí mismo. Verán, yo tengo mis dudas sobre todo este movimiento centrípeto de solidaridades: comedores sociales, huchas, bancos de alimentos, maratones y gincanas solidarias, roperos, etc. Creo que con las mejores intenciones personales se está reforzando un nuevo estado asistencialista y alternativo de protección social amparado en la indulgente caridad privada. Me dirán que no puede ser de otra forma. Porque la administración pública se llama andana y deja a sus súbditos, que no ciudadanos de derechos, al pairo o la bondad del prójimo. No sé si esta es la única salida, pero no creo en esta solidaridad emocional y caritativa. Es más, la veo muy peligrosa. Porque sin quererlo justifica un Estado Social en bancarrota que huye de sus responsabilidades en nombre de la crisis, justifica su despotismo y apuntala su inhibición. No creo en esta solidaridad horizontal a raudales que nos inunda. En esa que “da” pero no “reparte”. Porque la solidaridad entre iguales es pura beneficencia social. Eso sí, muy adornada de buenrrollismo y emoción proactiva. Esa solidaridad no repara. Justifica la generalización de la limosna pero no la redistribución de la riqueza. Por eso creo en la solidaridad vertical: desde los de arriba hacia los de abajo, en las políticas fiscales distributivas que reparten, que igualan a la ciudadanía, que generan cohesión. El resto es pura solidaridad emocional. Atractiva, amable, respetable. Y poco más.