lunes, 26 de enero de 2015

La mano armada

Foto: Claudio Álvarez



Espero que Juanjo Millás no me robe esta foto para ser comentada en su sarcástica sección de El País Semanal. Si es así, no pasa nada. Habremos convenido, sin conocernos, que ese dedo acusador, a modo de colt "King Cobra"  es como un disparo a traición en plena nuca del prócer en decadencia del PP. Ese escorzo en el que la mano armada de Aznar domina la escena ahonda en la soledad de un Rajoy harto de soportar sus propias mentiras. Rajoy huye del escenario sin haber estado en él. Como es habitual. Rajoy mira para otro lado, hacia abajo, hacia la deriva de sus actos. Aznar le persigue, con esa expresión de mono de feria desatado tras años de cautiverio. Aznar pareciera decirle, ¿qué haces tu para evitar esta decadencia, para no poner orden en este país en bancarrota? A lo que acto seguido le espeta: "Cada uno responde de sus actos. Yo de los míos" (Aznar en la convención nacional del PP ). 
Miedo. Eso es lo que da esta fotografía. Mucho más que risa. El canciller alemán Konrad Adenauer  (1876-1967) llegó a decir: "Todos los órganos humanos se cansan alguna vez, salvo la lengua". No conoció a Aznar, cuya mano armada no se cansa de dar órdenes y contraórdenes. No se cansa de ir y volver para recordar a los suyos la necesidad de su  patológico ego.  Y es que Aznar tuvo un buen maestro en esto de la política ya que él está convencido de que "El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio... Si puedes simular eso, está hecho" (Marx, pero Groucho) 
 

La timba foral



Caminaba por la nueva avenida Carlos Inditex y entré en el edificio de la antigua Can. Observé que su decoración art déco simulaba un gran cuarto de estar, así que me senté en una butaca de estilo para ver cómo la gente operaba con su dinero, un gesto lleno de misterio. Percibí que nadie manejaba ya billetes. Aquello no parecía un banco, sino un consultorio sentimental. Enseguida caí en un profundo sueño. Entraba por una puerta giratoria situada en los bajos del edificio que desembocaba en una sala muy iluminada donde se proyectaba la película Los intocables de Elliot Ness. Allí estaban sentados algunos directores de la antigua Caja junto a miembros del consejo de administración. También estaban algunos políticos y cuatro tiburones financieros de sociedades con intereses por tierra, mar y aire en Navarra. Hablaban en un lenguaje de signos que yo interpreté como un baile de cifras que iban y venían de una cuenta a otra. Encima de la mesa, que más bien parecía un tablero de juego, distinguí sobres lacrados y grandes cantidades de dinero.
En un momento determinado, un cura con clergyman entró en la sala y bendijo aquella timba foral entonando salmos de Isaías mientras ellos brindaban con patxarán La Navarra. Todos los asistentes recogieron entonces sus sobres y salieron. Fuera hacía frío. De las alcantarillas de la avenida surgió un desfile de mendigos, algunos leían el Ulises de Joyce. Les increparon. Entonces ellos repartieron algunos euros mientras un fotógrafo afamado inmortalizaba el momento. Me desperté entonces en otra sala donde una comisión de investigación interrogaba al último director de la antigua Caja. Alguien dijo: cuando la hipocresía es de muy mala calidad, hay que buscar la verdad, a lo que el exdirector respondió con una peineta.


http://www.noticiasdenavarra.com/2015/01/26/opinion/columnistas/a-pie-de-obra/los-comisionados-de-la-can