miércoles, 7 de enero de 2015

El acorazado Potemkin


Se cumplen en 2015, noventa años del estreno de una película que representó la cima de la propaganda fílmica soviética. La más famosa de las películas mudas del cine soviético, El acorazado Potemkin. En 1925 se le encargó al director Sergei Eisenstein (1898-1948) llevar a cabo esta obra para conmemorar el vigésimo aniversario de la revolución social de 1905 por la Revolución bolchevique.  
Se estrenó en 1925, en el Teatro Bolshói de Moscú. El rodaje se llevó a cabo en tres meses. El propòsito de la obra es mostrar el poder del pueblo sobre la autoridad zarista. Durante años, la película se consideró perniciosa en Rusia y entre otras cuestiones, se suprimió la introducción  escrita por Leon Trotsky. La razón de ello obedeció al distanciamiento de éste de Stalin. En la Alemania nazi se censuró por la violencia de sus escenas y en Gran Bretaña no fue permitida hasta 1954. En España se estrenó en 1930 y circuló de forma clandestina hasta su reestreno en 1977 en Barcelona. Uno de los climax de la película ocurre en la escena donde se muestran las escaleras de Odessa; las tropas del Zar arremeten contra el pueblo y un cochecito de niño baja las escaleras sin control tras el asesinato de su cuidadora. Sin duda una escena que ha sido homenajeada por algunos directores como Brian de Palma en Los intocables de Eliot Ness o Woody Allen en Bananas.


Resistir



Hace tiempo que los obreros ya no enarbolan banderas rojas, que los proletarios se exiliaron de la patria común. Tampoco los jóvenes quieren ya reventar el mundo para inventar otro nuevo. Se conforman con aguantar la explosión de la vida a lomos de una cabalgadura plateada con una virgen pegada en la riñonada. Los intelectuales  pastan en los abrevaderos del Estado y los pobres se multiplican en las escaleras de las instituciones sociales a la espera de una ración de futuro sin esperanza.  En los museos muchos monos con revolver custodian obras de arte y algunos  hombres y mujeres que un día trataron de derrumbar los malecones del viejo orden, hoy se han convertido en banqueros, parlamentarios o agregados de alguna multinacional especializados en justificar este desorden mundial. Y es que la revolución social se está haciendo a punta de navaja.  La derecha farruca y crecida se nutre de  nuevos Mesías ultrareligiosos y  la izquierda sin destino, se recome las tripas en el pozo oscuro de la impotencia. Es como si la realidad se hubiera vuelto loca y una fatalidad recorriese los pilares de la historia. Porque hagas lo que hagas  nada va a cambiar. Ese es el mensaje que escupen los guardianes del capital. Así que, no es de extrañar que en medio de este panorama,  Aznar le diga a Ibarretxe que  "plantear un plan de secesión encima de mil muertos (por el terrorismo) es de las mayores barbaridades que se conocen". Esa salvajada ideológica solo puede proceder de una mente villanizada y de muy baja calaña que, no sólo  desea que las cosas no se arreglen, sino que en lo más profundo de sí mismo desea que sigan muriendo inocentes para seguir rentabilizando su ego personal.  Pero nadie dice nada. Digo nada contundente. No sólo se ha globalizado la explotación y la codicia, parece que también la ceguera. Cada día millones de personas encienden un televisor que vomita toneladas de basura mediática para justificar el gobierno de unos  tipos impresentables. Parece que hubiéramos hecho un pacto con la corrupción, la perversidad, la inmundicia, la violencia, la injusticia y la mediocridad más absoluta para justificar este estado de cosas. Y, sin embargo, nunca ha habido tantas razones para discrepar de esta jodida realidad. Porque nunca la justicia, la salud, el empleo, la educación o  la vivienda, por ejemplo,  han estado peor repartidas. Y todo este silencio de los corderos a cambio de un aparente bienestar económico.  Al pie de este baluarte construido sobre un jeroglífico de incertidumbres,  solo queda resistir.

Posdata: Este artículo se escribió en Diario de Noticias de Navarra en febrero de 2002. Quizás lo único que desentona hoy  en dicho artículo es esa frase que aparece al final que dice "a cambio de un aparente bienestar económico". Y es que estábamos en plena euforia perpetua, en el subidón del ladrillo,  y eso se notaba. Aparentemente. Otra cuestión es que el ladrillo no se repartiera entre todos.  Rajoy ha sustituido a Aznar y donde pone Ibarretxe se puede poner Mas. Y donde pone mil muertos se puede poner traición a España o el derecho de todos los españoles a decidir el futuro de Catalunya o en Catalunya hay más catalanes que independentistas. Qué más da. Traficar con el miedo forma parte de la gestión política de los gobiernos. Por lo demás, ustedes mismos: corrupción, mediocridad y mentiras al por mayor. Así que podría finalizar con el mismo estribillo. Solo quedar resistir. Y algo más.