lunes, 5 de enero de 2015

El rey tuneado


Hoy desfilarán por el sambódromo pamplonés cientos de figurantes y coristas contratados como teloneros de la troika real. No es que esta ciudad, en tiempos reserva espiritual de curas y militares, sea muy monárquica pero un rey negro tuneado a lo Max Factor la convertirá hoy en la plaza fuerte de la ilusión infantil. Ese rey se hace llamar Baltasar. Pero su negrura de cosmética barata me parece un insulto a los negros que viven en nuestra ciudad; a esos 1.578 africanos y africanas llegados de los países del oro, el incienso y la mirra. Que ese Baltasar presuma de su negritud tuneada manifiesta el más vetusto y disimulado racismo. Porque su corte real utiliza desde hace años la tradición, el folclore o la ilusión como excusas garantistas que ignoran la realidad negra de nuestra ciudad. Y esto refuerza un efecto de la crisis: el colonialismo encubierto como norma social y subjetiva, el trato desigual con los otros, el desprecio y la criminalización de los que trabajan para nosotros. O si no, miren hacia esa valla de Melilla llena de plegarias desterradas.
Que nuestro Baltasar Blanco Pintado no abdique en favor de un negro real, simboliza parte de esa mentalidad. Sé que habrá gente que interprete esto como una exageración que no viene a cuento. Pero no es un detalle menor. Porque la ilusión o la costumbre no pueden blindar la realidad o sus escapadas en falso. Y esta es una de ellas. Disfrazada, pero una más de nuestro disimulado racismo. Tanto de izquierdas como de derechas.
No entiendo como este ayuntamiento, tan intercultural de palabra, que no de obra, no instala una valla para que este negro de pega no asalte año tras año la tierra prometida, la de la ilusión infantil.




Los restos de la guerra


Fotografía: Clemente Bernad

El golpe de Franco, que por aquí fue el de Mola y el de unos insurgentes armados por Mussolini, desencadenó en esta tierra su adelantada y celtibérica versión de lo que poco después se conocería en Europa como “solución final”: la caza y exterminio sistemático del enemigo. Digo adelantada porque el golpe madrugó en Navarra y empezó temprano a arrear duro y a la cabeza. Digo celtibérica por los versos de Gil de Biedma: “Media España ocupaba España entera, con la vulgaridad y el desprecio de que es capaz un intratable pueblo de cabreros”. La “solución final” tuvo otros ensayos madrugadores, como Guernica. Las “soluciones” que comenzaron a ensayarse en Pamplona en la mañana del 19 de julio de 1936, por su inhumanidad y ensañamiento, no son de naturaleza muy distinta a la de los crímenes de guerra juzgados en Nüremberg. Ninguno de los juzgados en Nüremberg ha mostrado jamás el menor arrepentimiento y aquí esos crímenes se han relegado como cosa del tradicional cainismo celtibérico. De Nüremberg salió algo en limpio: el perdón, a falta de arrepentimiento, reclama el restablecimiento de la verdad y el reconocimiento de la dignidad de las víctimas, cosas de las que es enemigo el olvido. La condena del golpe de Estado que trajo consigo aparejadas las “soluciones finales” a la celtibérica –duro y a la cabeza–, no servirá de mucho si se toma como una declaración de punto y olvido; menos en tierras como ésta, donde a la falta de reconocimiento de la dignidad de las víctimas se añade aún hoy el desprecio oficial de su memoria: negativa a retirar los símbolos del régimen que acaba de condenar el Congreso; insistencia en sostener en pie –si no en rehabilitar– cuanto el régimen recién condenado erigió para honrar a los suyos y honrarse a sí mismo… Los restos de la guerra son los restos de un naufragio que no puede olvidarse ni perpetuarse.


Posdata: artículo publicado en Diario de Noticias de Navarra en octubre de 2002. Ayer día 4 de enero de 2014, la Sociedad de Ciencias Aranzadi, descubrió en Elia (Navarra) los restos de tres fusilados  tras la masiva huida que tuvo lugar el 22 de mayo de 1938  del Fuerte de San Cristobal-Ezkaba (Pamplona). Esta espectacular huida, en la que participaron  795 presos políticos, ha sido considerada  una evasiones más destacadas de la historia por su espectacularidad y las graves consecuencias que tuvo. Del total de huidos, 211 de ellos fueron asesinados en una trágica cacería. El resto fueron detenidos, torturados o desaparecidos.
 Esta historia sigue pesando en la memoria reciente de Navarra. Escuece todavía su eco. Y las instituciones, especialmente el Gobierno de Navarra,  siguen mostrando poco o ningún interés en recuperar la dignidad abatida de estas víctimas del totalitarismo franquista. Ya ven, a diferencia de Nüremberg, aquí no ha habido ni siquiera arrepentimiento formal.