domingo, 30 de agosto de 2015

Es cosa de hombres


Vaya por delante que el título lo he robado en una calle. Ya sé que este tema a algunos hombres  les saca de quicio. Que la frivolidad absoluta con la que se trata, lo convierte en discusión tabernera pero no en cuestión de Estado. Y que, pese al escaso desarrollo jurídico que ha desplegado la violencia contra las mujeres, esa violencia, instalada en los agujeros negros  de una sociedad enferma, sigue llevándose por delante a setenta mujeres al año en el Estado. Pero nadie con responsabilidad de cambiar el rumbo de la historia va a hacer nada. Porque esa historia no va con ellos. Con los hombres que tienen en su mano la posibilidad de incidir en este sangrante delirio de una civilización más que cuestionable. Y sobre todo, porque ellos no mueren.

Quienes pueden hacer algo para evitar tanta muerte no obtienen ningún beneficio. Ni personal ni social. Como mucho, ese algo,  les sirve de currículo progresista. Que las mujeres pasen a ser ciudadanas de primera es cuestión de poder. De compartir poder. Que las mujeres dejen de ser pasto de las llamas, de las hoces, los cuchillos y los contenedores es cuestión de valores, de instalación social, de posiciones y de influencias  de cada uno y cada una en la complicada red que construye  las familias, los grupos de presión y las sociedades. En esta, aunque suene todavía mal,  los hombres siguen marcando el paso. Esta sociedad arrastra cientos de años de violencia contra las mujeres. Nunca como hoy se había sido tan consciente. Pero nunca como hoy, al Estado se la traía tan floja tanta muerte. Las mujeres mueren y son asesinadas porque  son los sujetos débiles de una sociedad contaminada. Pero sobre todo desigual, trastornada y enferma. Porque sus reivindicaciones representan una amenaza para muchos hombres, para el poder y porque proponen un nuevo modelo de relaciones. Una autentica revolución. Y eso no interesa. No está el horno para esos bollos. Debajo de cada muerte hay una historia soterrada de terror, pero más bajo se esconde la negativa a cambiar, a conferir otra forma de vida. Y eso no se quiere aceptar. Ni en el hogar ni en el  Consejo de Ministros.


Sólo si los hombres asumen su responsabilidad en esta guerra,  si cambian de rol, si denuncian, si salen a la calle, si pelean, si participan de esa revolución pendiente y si comparten esa necesidad de cambiar, las cosas cambiarán. Para bien de ellas y de ellos. Y es que solo comprendemos la vida y el terror que supone perderla el día que sufrimos por su causa.  Porque estas muertes son cosas de hombres. Y su abolición  también.

Posdata: este artículo se publicó en Diario de Noticias en noviembre de 2003. Han pasado doce años y las mujeres siguen siendo pasto de las llamas, las hoces, los martillos y las motosierras. Y siguen porque las políticas para evitar la violencia contra ellas han pasado a ocupar, no un segundo plano, sino un tercero o cuarto. Y porque esta sociedad enloquecida, patologizada y psiquiatrizada encuentra en los sujetos más débiles los escapes sublimes a tanta violencia, discapacidad personal y social sustentadas en  relaciones entre géneros absolutamente desiguales. 

jueves, 27 de agosto de 2015

Trabajadoras del sexo

Raquel Marin (El País)


Entre las amistades peligrosas que rodean a Aznar hay un tipo de calva bronceada por el resplandor que emite el poder. Si uno logra acercarse a él, detectará un intenso perfume que sólo trata de esconder los malos olores que despiden sus cuentas bancarias. Aparentemente, nadie sospecharía de él, a no ser que alguien, en este caso los jueces, te digan que sobre ese italiano casposo, dueño de media Italia, pesan siete causas  por fraude por valor de 13.500 millones de pesetas. Ahí es nada. Pues bien, ese tipo apodado Il Cavaliere, y para mas señas, primer ministro italiano,  anda estos días camelando a la Iglesia y a las putas de su país  para que éstas desaparezcan del escenario, siempre caótico de las calles italianas. Berlusconi se propone legalizar los burdeles. Y es que a este tipo de moral incierta y mirada de hiena malparida, le molestan las 70.000 prostitutas buscándose la vida por las calles de Italia.

Berlusconi anunció durante su campaña electoral que iba a reconquistar la moral perdida de la República. Al parecer este hombre es de los que miran para otro lado cuando le preguntan por el olor de sus entrañas.  Y es que él, como otros dirigentes de la nueva derecha perfumada, sigue mirando a las putas de reojo. Nunca de frente. Por sí acaso. A este financiero de la política no le inquietan los verdaderos problemas de las trabajadoras del sexo, sino la emulsión moral que despide su trabajo. Encerrarlas para no ser vistas. Curiosa ética la de este personaje, dueño de una cadena de telebasura italiana que vomita pornografía, machismo trasnochado y violencia de mal gusto las 24 horas del día.

Berlusconi quiere legalizar los burdeles porque así recluye un problema que él considera de orden moral. Mal asunto. La prostitución es un oficio, y como tal debe ser regulado. Nunca ocultado. La prostitución es un sector laboral que en España agrupa a 125.000 trabajadoras del sexo, 35.000 de ellas con dedicación exclusiva. Hace poco se reunieron en unas jornadas celebradas en una Universidad y allí, sus representantes declararon que, además de abordar y denunciar los aspectos más sangrantes de este negocio: el tráfico de mujeres y su propia salud; había que enfrentarse a  la otra cara del negocio. Sin morbo y con valentía, venían a decir, hay que hablar de demanda, liberalización, precariedad, fuerza sindical, capacidad de negociación, seguridad social..., claves todas ellas, para acabar con el carácter marginal de esta profesión.


Posdata: escribí este artículo en mayo de 2001. Hoy no pienso igual. No estoy por la legalización ni por la regularización de la prostitución. Sé que es un debate difícil y cortante. Que no admite medias tintas. Si legalizamos y regularizamos estamos justificando una explotación sexual encubierta y blindada por la facilidad ideológica de una escabrosa posmodernidad. Les dejo un artículo publicado recientemente en El País que puede ayudar. http://elpais.com/elpais/2015/07/13/opinion/1436804511_049875.html



Lo que el agua no se llevó


Monumento actual en la presa de Villarino, Salamanca 2015
Era un 24 de noviembre de 1970 y Franco se dedicaba a sestear tras la inauguración del respectivo pantano. Este, en la provincia de Salamanca sirvió para que la propaganda fascista dijera de España que "está cumpliendo sus deberes, España está resurgiendo" ¿les suena de algo? Franco dijo entonces al respecto: "Hoy venimos a inaugurar uno de los pantanos más importantes de Europa lo que demuestra la capacidad técnica d ellos españoles" (24/11/1970). Acto seguido corrió una cortinilla y apareció este monolito en piedra que aún hoy permanece en el mismo lugar. Y eso es lo que escuece. Que la ley de la Memoria Histórica sea incapaz de poner firmes al responsable de esta afrenta. Y es que clama al cielo que el nombre de un asesino en serie siga apareciendo en un espacio público. Pero peor aún, que su nombre siga embadurnando de escoria la memoria de los represaliados y asesinados por su régimen fascista.