miércoles, 29 de abril de 2015

Obreros


Hace tiempo, el primero de mayo  ejercía sobre mí un efecto catecumenal y, hasta cierto punto, fortalecedor de mi conciencia de clase. Viví muchos primeros de mayo como pequeños recordatorios anuales que  me confirmaban mi lugar en el mundo,  el que ocupaban  los obreros  de mi generación sin más armas ni argumentos vitales que su fuerza de trabajo. Más aún, una especie de comunión mística se establecía entre toda la clase obrera. Porque ese día se confirmaba que todavía era posible encontrar un lugar donde todos nos midiéramos por el mismo rasero.

Yo he cambiado. Y también la sociedad que me rodea, el mercado  en el que vendo mi fuerza de trabajo y las relaciones laborales y sociales que nos sitúan a un lado o a otro, no de la barricada, sino del reparto de oportunidades de ser alguien en el mundo. Porque,  pese a ciertas corrientes filosóficas posmodernas, el trabajo sigue siendo lo que a uno o  a una lo identifica, le da sentido, lo convierte en ciudadano de primera. Uno  tiene ciudadanía plena no por votar, sino por trabajar, por consumir e intercambiarse valores adquiridos en el mercado laboral y profesional. 

Hace veinte años teníamos  un mundo compacto construido gracias al pacto entre el Estado, los sindicatos y las organizaciones patronales que operaban en una economía capitalista, parcialmente desmercantilizada en la que los trabajadores-ciudadanos estaban asegurados frente a la amenaza del mercado. Pero ahora la sociedad se ha dualizado:  a un lado  están las elites laborales y funcionariales muy cualificadas que gozan de mucha estabilidad y seguridad  junto a autónomos y liberales  muy bien retribuidos. Por la otra orilla transitan  los excluidos  del sistema estandarizado y abocados a sangrantes situaciones de precariedad, deslocalización laboral, e inestabilidad. Son los esclavos de las etetés y subcontratas, desregulados y muy eventuales. Y estas situaciones, pese al discurso oficial, son la regla y  la norma.

Los sindicatos se esfuerzan en dotar de sentido a esta fiesta del trabajo. Pero la realidad demuestra que lo que se celebra es el día de la exaltación sindical. Porque trabajo, lo que se dice trabajo, ya no existe ni para celebrarlo. Me gustaría que este primero de mayo los sindicatos se olvidaran de ellos mismos, de sus clientes fijos y miraran al lado oscuro de la vida. A esa perra vida que llevan los millones de precarizados laborales y sociales que no cuentan para nadie. Porque son los sujetos frágiles  que mantienen las seguridades de  muchos de nosotros.


Este artículo se publicó en Diario de Noticias en mayo de 2003, en vísperas del Primero de Mayo. Han pasado doce años y por encima nos ha pasado un crisis brutal. Quizás hoy abría que añadir el precarias o se ha configurado como muna nueva clase o quizás como la clase por excelencia que configura nuestra sociedad dualidad y fragilidad. Y otra cuestión, se ha roto definitivamente el pacto social, el pacto de estado entre el capital y la mano de obra. La crisis y su reforma laboral han decapitado el mundo del trabajo, a merced de un capital despiadado que apenas tiene resistencias. Y las que  tiene, en su mayoría, acaban fagocitadas. Por eso este Primero de Mayo me planteo si lo que hay que celebrar es la fiesta del trabajo o su ausencia de él.  


martes, 28 de abril de 2015

Campaña



Hay personajes que se consideran intachables. Que van por la vida perdonándosela a los demás. Que viven instalados en la verdad infinita, entre la justicia inescrutable de las divinidades a las que rinden pleitesía. Sólo les falta estar sentados a la derecha de padre para perpetuarse, por los siglos de los siglos, en la eternidad de los justos de palabra, obra y omisión. Hay gente que nunca se ha cuestionado su verdad porque ellos son la verdad. Personajes camaleónicos a los que su  biografía no les ha impedido adaptarse a unos tiempos globales, banales, ingrávidos, virtuales, amnésicos  y apáticos. Gente que, de flojear esta democracia informal, no dudarían en cantar el cara el sol con la camisa vieja. Ellos se mueven a la perfección por un presente sin memoria. Un tiempo a su servicio que les protege de la adversidad política porque, mientras ganen las elecciones les da igual lo que pase. Porque tienen la legitimidad para hacer de su capa un sayo. El Sr. Del Burgo es uno de ellos. Este hombre, acostumbrado a no perder nunca, despliega una arrogancia que sólo los necios o presuntuosos son capaces de exhibir ante los vencidos. Viene esto a cuento de unas declaraciones que realizó sobre la candidatura Nafarroa Bai,  a la que acusó de frentista, disgregadora de la sacrosanta identidad navarra e ilusa. Textualmente dijo que, “soñar es gratis”, haciendo una clara alusión a las, según él, escasas posibilidades electorales de la coalición. Vale chaval. Eso me recuerda a los líderes cesáreos, que lejos de hacer caso de la sabiduría convencional de las gentes, sólo están de acuerdo consigo mismos. Este hombre, que se cree habitar en otra dimensión interestelar, la de los estadistas pragmáticos y que acaudilla el movimiento redentorista del virreinato navarro en la cruzada nacionalconstitucionalista,  no puede ir de demócrata extasiado sin sonrojarse  al escupir lo de frentistas, rompepatrias e ilusos soñadores. Y menos él, que de eso sabe un rato. Él, que ha hecho del nacionalismo la reencarnación del Lute. Tal vez, algunos personajes deberían mirar hacia atrás y   redimir su presente  ante los versos de Neruda en Veinte poemas de amor y una canción desesperada, cuando el poeta le dice a la amada: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”. Pues eso. 


Este artículo se publicó en enero de 2004,  en Diario de Noticias de Navarra. Donde pone Del Burgo, pongan Barcina o Esparza o Catalán. Y donde pone Nafarroa Bai, pongan Podemos. Su discurso sigue siendo el mismo, solo que ahora lo de "soñar es gratis" se ha vuelto realidad. O una posibilidad. Pero esta gente seguirá con sus miedos, sus arterias alteradas y sus egos inflados de institucionalidad al servicio del propio interés de partido para perpetuarse en una tierra llamada a decir basta. A ver cuándo. .   

   

lunes, 27 de abril de 2015

¿Todavía hay razones para el Primero de Mayo?



Hablar del Primero de Mayo aquí y en 2007, en la Navarra sobresatisfecha, sobredimensionada, sobrada de índices de calidad, excelencia, eficacia, eficiencia y demás ítems valorativos de nuestra calidad de vida, es un atentado. Ganas de joder la manta. De hacerse el gracioso.  Demagogia de saldo o jipitrasnochismo biodegradable.  De no saber de qué va, de verdad, la realidad social, política y laboral de esta Comunidad. Una tierra  llamada a ser la California del Norte. Claro, hablar de esta efemérides rancia, casi ahistórica, de este evento marxista, comunista, obrerista, internacionalista o izquierdista es una vaga y delirante superchería de mal gusto que en esta Navarra feliz no tiene sentido. Hablar del Primero de Mayo suena políticamente incorrecto a estas alturas de la historia en la que quedan pocos obreros, aunque haya, eso sí, muchas más obreras y que, por cierto, ganen menos que ellos. Vale. Pero si  no podemos hablar, ni recordar  ese Primero de Mayo marcado a sangre y fuego en  la historia del movimiento obrero, ese que muchos todavía recordamos,  hablemos al menos de los nuevos Primeros de Mayo diarios, de los de cada día. De esos lunes al sol, un sol que aquí en Navarra es más bien escaso. Y lo hagamos, aunque vivamos en esta Arcadia radiante que, si bien es cierto que dicen que es feliz, lo es a costa de algo. Pero sobre todo, de alguien. Y es que esta Comunidad, tan ufana y satisfecha, con unos agentes sociales absolutamente pesebrizados, una clase obrera, la del trabajo estable y protegido,  instalada en el corporativismo más absolutista y unos sindicatos mayoritarios muy engrasados por la socialdemocracia más liberal, se ha olvidado de rendir cuentas ante los verdaderos artífices de nuestro bienestar entrecomillas. Porque otras nuevas clases obreras, intangibles e invisibles,  son las que soportan, con su degradación,  la amenazada estabilidad laboral de que disfruta la clase obrera navarra.  O la vizcaína o la catalana. Es igual.  Si por algo  hay que reelaborar el Primero de Mayo es por la visibilización de esos millones de obreros sin contrato, esos millones de mujeres que se dejan la vida en las maquilladoras, o por los trabajadores y trabajadoras sin derechos del sector servicios de las grandes ciudades globales  y los infla asalariados que mueven los macrocomplejos  agroindustriales alrededor del mundo. En definitiva las nuevas subclases obreras globalizadas  divididas en segmentos nacionales, raciales, étnicos y de género. Gente a la que le cuesta unirse para gritar otros basta ya. Y es que haciendo visible a esta infraclase obrera y  reconociendo su explotación, pero sin dejar de observar nuestra explotación concentrada  en los jóvenes, las mujeres y los inmigrantes, podremos reivindicar con cierta honestidad el recuerdo de un tiempo repleto de utopías. Creo que en este día cargado de banderas, faltan abanderados. Este día absolutamente fagocitado por el gran capital debería servir para desafiar los números que la artillería de la estadística oficial nos arroja a la conciencia para seguir pensando que estamos en la  mejor poole position del mundo mundial. Porque no es verdad. O es una verdad a medias. Y sé que es difícil desmontarla. No obstante, en esta Navarra que no cabe de gozo, pese a tener el índice de desempleo más bajo del Estado, no es menos cierto que las tasas de precariedad y temporalidad son escandalosas. Casi el 27 por ciento de los contratos están afectados por la temporalidad precaria y sin blindaje social o sindical. Y es que así, y solo así es posible mantener ese paro estructural dado por aceptable en todas las mesas de negociación. Y esa gente cada vez es menos libre. Porque no tener garantizada la existencia es perder autonomía personal. Porque no son ya los  “mileuristas”, sino los ochocieneuristas los que crecen sin parar: ya son el 57% de la población trabajadora  de España, en donde, dicho sea de paso, en los dos últimos años la remuneración salarial ha pasado de representar el 47,71% al 46,12% del PIB, mientras que los beneficios empresariales han pasado del 41,78% al 42,25%.
¿Celebrar, recordar, reivindicar el Primero de Mayo? Uno cree que sobran razones. Pero quizá haya que redibujar el mapa de la explotación, definir los nuevos sujetos a los que dirigir la mirada: los millones de excluidos sociales, los que están en la cuerda floja, la gente que vive en las periferias, los inmigrantes a los que no se les reconoce el derecho de fuga en busca de la dignidad, las mujeres pobres. Nuevos territorios de lucha, nuevas subclases y nuevos sujetos que el sindicalismo no es capaz de integrar en sus agendas. Si para algo puede servir este Día es para rebasar esa idea que nos domina acerca de la imposibilidad de superar el capitalismo planetario. Esa que solo nos permite hacerlo más humano y más benévolo con los pobres. No es verdad.  Porque también se puede organizar la producción, el consumo y las estrategias de mercado  de modo más democrático y participativo. Porque todavía no está dicha la última palabra.


Este artículo se publicó hace exactamente ocho años en Diario de Noticias de Navarra con motivo del Primero de Mayo. Ocho años desde que se inició la crisis y que ya se barruntaba, aunque en aquella Navarra de entonces, apenas éramos capaces de vislumbrarla. Ocho años en los cuales ha aumentado el caudal de desamparados por los sistemas de protección social, especialmente por el sistema de protección por desempleo, el cual, cada vez es incapaz de proteger y dejar a la intemperie a más "currelas". De todas las frases, las cuales suscribiría con mayor o menor ganas, me quedo con una, esa que finiquita el artículo, "Porque todavía no está dicha la ultima palabra"

















Con nocturnidad y alevosía



Vivo con el ruido trepanándome la sesera cada fin de semana. Y sí, vivo en este Casco Viejo pamplonés convertido en un enjambre de bares gastronómicos, neotabernas de diseño y locales de juevintxo al por mayor. Pareciera que la ciudad se haya vuelto loca. Como si quisiera redimir su crisis a base de lingotazo va, lingotazo viene. Se impone el bar. Como si la ciudad se hubiera abonado a la barra libre de una hostelería tabernaria sin compasión. Cosas de la economía con diarrea y doble tracción.
Y es que el oligopolio hostelero está convirtiendo este viejo barrio en un enorme botellón de diseño auspiciado por un ocio nocturno con ganas de quitarse de encima la mierda del día a día.
No me malinterpreten. No estoy contra los bares. Estoy contra esa actividad hostelera que genera un grave impacto acústico y medioambiental. Aquí vivimos casi doce mil personas. La noche no se hizo para asaltarla y destrozarla, tampoco para convertirla en una berrea salvaje sin compasión vecinal. Y no se trata de conciliar el ocio y el descanso. Porque no se puede conciliar cuando hay desigualdad. Y entre su negocio y mi descanso media una Ordenanza que no se cumple. No me digan que me vaya, que ya sabía de qué iba esto. No. Esta perversión acústica y medioambiental en Europa le dura dos horas a la Comisión europea de Peticiones. Y no me hablen de conciencia ciudadana. A las tres de la madrugada, en la calle San Nicolás, con siete gintonics de más, nadie tiene conciencia. Ni el Dalai Lama. Y sí, usted tiene derecho a sus cubatas en nombre de su libertad personal. Y usted hostelero a hacer su caja. Pero pasando por encima de mis sueños rotos. El miércoles 29, se celebra el Día Internacional de Conciencia sobre el Ruido. Pero aquí apenas se oirá.

miércoles, 22 de abril de 2015

Mexicanización española


Rajoy fue detenido en la madrugada del 1 de mayo de 2015. La Policía entró en su casa y se lo llevó esposado mientras sonreía con el rictus de un degollado. La acusación era implacable: desfalco, prevaricación y estafa a gran escala. Horas antes, la vicepresidenta Sáenz de Santamaría, ingresaba en prisión con cara de no haber roto un plato, acusada de tráfico de influencias. Montoro llevaba dos días en la cárcel de Topas tras la huida de Rato, cuya presencia se había detectado en las Islas Caimán. Tres ministros más, acusados de malversación, estaban citados por el juez Ruz para el 3 de mayo.
Mientras tanto, en la sede del PP de Génova reinaba un gran ambiente. Más de cien cargos electos celebraban una convención sobre la regeneración de la política. Con la canción Calle sin luz, de M-Clan a todo volumen, todos degustaban canapés y cava catalán a raudales. En medio de la euforia, la ministra Pastor, arengó a los suyos y dijo: “A menudo es necesario llegar al máximo de agotamiento para ponerse en camino”. Todos corearon su nombre mientras enarbolaban las fotos de los ministros y exministros del PP que dormían en la cárcel. Y todos brindaron por la nueva victoria electoral. Pareciera que aquella gente no buscara el arrepentimiento, solo más tiempo para el banquete.
En la calle, la vida había huido espantada ante este espectáculo bochornoso. La gente sentía, sí, que aquello tenía que reventar para llevarse al infierno más profundo aquella banda de sátrapas depredadores. Pero desconfiaba de una nueva victoria. Porque sus desmanes les parecían tan venerables como la fantasiosa evocación que producían. Y es que aquel reino de España se había mexicanizado a las puertas de unas elecciones que solo buscaban rescatar entre los escombros del tiempo los innumerables cadáveres del PP.

Abril


Podría ser un mes cualquiera. Pero no lo es. Abril deriva del latín “aprilis” que viene de “aprire” (abrir). Y es que en esta época en Roma ya es primavera. Aquí no tanto. Habrá que esperar hasta primeros de junio para saborear de verdad el encanto de los primeros soles. Para que la sublime vegetación rompa en mil pedazos la monotonía de los inviernos de esta Pamplona gris marengo que nos acompaña durante más de medio año. Es un mes malencarado con la tierra. La huerta de Pamplona está casi vacía a la espera de la gran explosión de mayo y junio. Llueve sí, pero el olor de los campos mojados ya crecidos, anima el alma dormida de esta provincia a la que solo parece importarle el mes de julio.
Abril está en la frontera, en ese territorio del cambio. Más allá de esta fecha, el horizonte se despeja para encarar de verdad el tiempo preciado, el sol, la luz nítida de las mañanas y el canto de las chicharras. Abril se presenta, en ocasiones, salpicado de rojo en el calendario. A veces se llega a él, hecho unos zorros después de un trimestre sin fiestas de guardar (eso para los que trabajamos, porque para muchos, todo el año es un eterno lunes al sol); entonces, el viaje se impone. A servidor le gustaría iniciar un viaje con las cosas imprescindibles y el recuerdo de Ulises en la maleta, que partió pensando en una breve expedición de castigo y tardó veinte años en volver. Pero la realidad es que nos vamos para alejarnos de nosotros mismos. Y es que la fuga hacia cualquier sitio se convierte en el único acto salvador frente a la constante batalla entre el yo y sus alteraciones.
 Y hablando del yo. Pocos personajes como Oteiza, que eligió el mes de abril para despedirse, quedan en pie, muerto pero en pie,  para desafiar a la posmodernidad, ese invento filosófico de dudoso rigor, que no ha proporcionado todavía pesos pesados como este hombre en constante cabreo con el cosmos. Oteiza se pasó  la vida entera en tensión, echándole un pulso al mundo y retando al universo.
Hace quince años, este hombre en constante cabreo existencial, se largó con su pesimismo radical, con su  desesperación congénita, como el viejo Cioran. 

miércoles, 15 de abril de 2015

La ultima costa

                                             

Cuesta trabajo abrirse paso entre tanta histeria y desesperación. Un viento incesante nos ha dejado a la intemperie y,  ya nada ni nadie es  garantía de salvación. Todas las antorchas  que alumbraron los  deseos de cambiar el mundo se han ido apagando. El mundo mismo enmudece ante su propia adversidad. Y sin embargo, de todo ello queda un poso. Entre los restos de la tragedia aún se pueden ver náufragos anónimos  en busca de una costa segura donde poder encontrar un lugar para el saludo, la hospitalidad, la charla amiga, el acogimiento, la protección, la concordia, el entusiasmo, la dulzura, la confianza, la amistad, el regalo, la fiesta, la amenidad,  lo generoso, lo fácil, lo sencillo, la celebración, la indulgencia, el aplauso, la risa, el acompañamiento, la dicha, el placer, el convite, el descanso, el consuelo, la ayuda, la reflexión, el amparo, el altruismo, la pasión, la afabilidad, la caricia, la lucidez, la humildad, la franqueza, el recibimiento, la despedida,  la comprensión, la delicadeza, la reciprocidad, la concordia, el apaciguamiento, la visita, el agasajo, la enhorabuena, el beso, el juicio, la paciencia, la lealtad, la discusión, la vecindad, la tregua, la ayuda, la reflexión, la confianza, la tranquilidad, el descanso, la gratitud, el reconocimiento, la permisividad, la memoria, la prudencia, la delicadeza, la honestidad, la dignidad, el respeto, el brindis, el ofrecimiento, la deleitación, la sensualidad, la alegría, la utopía... En definitiva, emociones límite sin fecha de caducidad para ir ganado terreno  a la zozobra diaria. Esto es todo cuanto se me ocurre  para afrontar tiempos duros saturados de saturación. Tiempos imprevisibles e hipotecados por un destino que otros se empeñan en dinamitar  premeditadamente. Ante este asedio lo mejor es marcar la  hora de volver. Volver sobre lo andado, lo soñado, lo mil veces imaginado. Sobre la propia utopía personal. La hora que nos señale, no ya el verdadero camino, que no lo hay, sino el ritmo sosegado de un tiempo que juega con la falta de destino.

La historia no se repite pero fabrica constantes. Y entre otras cosas, parece haber indicios para afirmar  que nunca cualquier tiempo pasado fue mejor. Y es que vivir es, como decía Pessoa, “admirarse de estar siendo”

Posdata: este artículo fue escrito en abril de 2001, justo hace catorce años en Diario de Noticias de Navarra. Hoy vuelvo sobre el y no sé qué decir. Firmaría todo y lo rompería todo y más. Todo a la vez. Como si el tiempo revuelto y alterado de los últimos años fuera incapaz de destrozar lo escrito pero tampoco  muy capaz de renombrar el futuro. Y sin embargo me puede la frase final de Pessoa.