lunes, 29 de diciembre de 2014

Pateras


Al otro lado del estrecho ya olía a primavera. En Tarifa, en algunas terrazas del Paseo Marítimo, se servían boquerones fritos y el viento de Levante llevaba hasta las costas de Africa un olor a fritanga que excitaba a los descendientes de los primeros esclavos  que atravesaron el Atlántico. Koutiala Bani había nacido en Freetown, capital de Sierra Leona, en un suburbio infectado de traficantes de marfil y prostitutas con Sida. Era el mayor de cinco hermanos que habían visto decapitar a su padre por un mocoso de trece años que vomitaba heroína adulterada sobre los cadáveres que coleccionaba, como muestra de hombría, durante la guerra civil que asoló al país durante 1991. 
 Bani lloró amargamente durante un mes hasta que se despidió de su madre. Sobre la tumba de su padre prometió vengar su muerte y volver con el dinero suficiente para liberar de la miseria a su familia. Pero para eso había que cruzar un mar que, para entonces, ya estaba infectado de cadáveres que naufragaron soñando con una Tierra Prometida. Bani era analfabeto, como el 65%   de la población de su país. No sabía situarse más allá del barrio donde siempre malvivió pero embarcó su pena en una barca de nueve metros de eslora con la intención de reconquistar su orgullo  de guerrero Mende.
Bani nunca llegó. Murió antes de llegar a la playa de Los Lances, en Tarifa, junto a otros 18 africanos que buscaban el paraíso terrenal que Ngewo, el creador del universo Mende, prometía a sus creyentes. Su madre no sabe nada, pero Bani no volverá nunca para vengar la memoria de su padre. Mientras, en Tarifa las terrazas se llenan de surferos bronceados que saborean daiquiris y tapas de jamón de pata negra. Y Aznar se prepara para embarcarse en un nuevo velero vacacional. Pero antes ha encargado un plan para blindar a Europa contra la inmigración ilegal. Desde 1991, más de 20.000 civiles han muerto en Sierra Leona torturados por bandas rivales con intereses en Europa y América. Bani nació en un país vendido a la guerra y a la crueldad. Era un sinpapeles, un infeliz que sólo quería volver a ver a su madre. Y la infelicidad no tiene sitio en el universo de las leyes.




Posdata: este artículo se publicó en marzo de 2003, en Diario de Noticias de Navarra. Salvo Aznar, todos los personajes y acontecimientos son recientes. Parece que fue ayer. La Tierra Prometida sigue siendo eso, una promesa envenenada para miles de inmigrantes en busca de un futuro cerrado a cal y canto. La semana pasada murieron en las aguas de ese mar azul, de luz y de muerte,  no menos de 60 personas. Muchas no aparecen en la prensa. Ni aparecerán. Es lo que pasa cuando la noche engulle cuerpos desconocidos.

Sangre de parado


Fui a la oficina del paro para comprobar que efectivamente era del paro y no del empleo. Y así era. Todo el mundo estaba solidificado, como suspendido en el aire intentando dar un paso al frente. Aunque solo tenían delante una funcionaria educada que preguntaba cosas extrañas en un lenguaje ininteligible. Había oído que la multinacional farmacéutica Grifols, productora de hemoderivados, había hecho una propuesta a los parados de larga duración. Pregunté si era verdad que allí pagaban setenta euros semanales por encima del subsidio si donabas sangre. Me dijeron que sí con matices. Verás, me dijeron; Víctor Grifols, presidente de la farmacéutica, ha dicho que su empresa pagaría por las donaciones unos setenta euros semanales. Y eso sumado al paro sería una forma de vivir. Entendí entonces porqué la mayoría de los parados estaban en mangas de camisa dispuestos a la extracción de su sangre. Y comprendí también la razón del discurso penal que se está construyendo contra ellos. En aquella oficina ya no se hablaba de derechos laborales. Aquello se había convertido en un ejército de arrepentidos dada su incapacidad para el empleo. Y estaban dispuestos a redimir su culpa dejándose extraer trescientos mililitros de sangre a buen precio para compensar un subsidio de mierda. Y comprendí a Grifols; si no se pueden pagar las donaciones de sangre y necesitamos importarla, al menos incentivemos a quien la dona. Todo un ejercicio envenenado de altruismo capitalista. Eso liberaba al Estado Social y a Rajoy de sostener con dignidad un sistema de desempleo en bancarrota. Finalmente comprendí también que nuestra sangre ya no palpitaba, que ese mar interior solo era un yacimiento colmatado de dosis de desesperación. Pero muy rentable. Le dije a la funcionaria que anotara mi nombre.