lunes, 15 de diciembre de 2014

Llévatelos a tu casa


En el fondo, lo que el ministro quiso decir fue: si tan enrollaos son ustedes con los inmigrantes, por 
qué no se los llevan a su casa. Y es que jueves pasado, en un encuentro con varias ONG, el ministro del Interior Jorge Fernández se lució con esta perla, más propia de un fascista de raza, que de un creyente de misa diaria: “Si me dan la dirección donde a esa pobre gente los podemos trasladar y garantizar manutención y que le den trabajo les aseguro que les enviamos. Pero hay mucha hipocresía”. No sé si don Jorge habría comulgado antes de escupir este versículo envenenado. Dicen que este hombre reza a diario. Y que sobre el versículo de Mateo 22, 34-40, “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, derrama lágrimas cargadas de indulgencia para liberarse del rigor de su cinismo. Quizás, como buen populista, confunde la opinión pública con la opinión publicada. Aunque, mirándolo bien, esa frase está a la altura de muchas barras de bar, se escucha en muchas reuniones de vecinos y hasta en la cola del paro. Forma parte de esa democracia de opinión que exalta las emociones del personal reduciéndolas a dos cosas: el miedo y el rencor. Así que solo faltaba la voz tabernaria del ministro para calentar al personal. Para sentenciar que sobran moros, negros y rumanos en un país empobrecido y desigual. A gentes como él, que se orientan en la vida como el chacal, oliendo el rastro de la carroña, les escuece el prójimo que no sea de su calaña, que viva más allá de su portal o quien huela diferente. Lo que me preocupa es que su discurso segregacionista se está construyendo sobre los beneficios que proporciona el racismo políticamente correcto. El que se justifica en nombre del no hay para todos.

Vaya banda


Un blog incendiario, una banda de librepensadores, una gente que juega a la contra y contraataca sin piedad. Un blog de color naranja y alma roja, un sitio para encontrar lo que no buscas y buscar lo que no encuentras. Un espacio para la reflexión más allá de los títulos de crédito, un espacio en blanco para la prosa más incendiaria. Un lugar donde quedarte una tarde de invierno, al calor del butano.