jueves, 4 de diciembre de 2014

Solidaridad sí, pero no así


El pasado sábado 29 de noviembre tuvo lugar en toda España una gran recogida de alimentos. Miles de voluntarios, sin duda de muy buena fe,  participaron en una gincana de solidaridad sin precedentes. Algo a lo que estamos ya acostumbrados desde que la pobreza amenaza  a casi doce millones de personas al borde de la pobreza en el reino de España.  
Resulta bochornoso que hayamos llegado a esto mientras las estructuras del Estado del Bienestar miran para otro lado. Peor aún. No miran porque hace tiempo confiaron la salvación de la gente a la voluntariedad, la autogestión y la autogobernanza de uno mismo o de los demás. Y más: no miran porque el contrato social se ha roto, los derechos de ciudadanía se han cancelado y los derechos sociales van camino de una defunción asegurada. 
La solidaridad está muy bien, es un valor a proteger, pero la solidaridad desplegada en esa jornada, siendo loable, no es la mejor ni la más adecuada  Porque esa solidaridad es entre iguales, es horizontal. La autentica solidaridad es la vertical, la que viene dada por la redistribución de la riqueza de quienes más tienen hacia lo que menos tienen. La que viene de arriba y llega hasta abajo. Y eso es lo que corresponde a los estados sociales con fuerte componente igualitario. 
Ser solidarios está bien. Hacer el papel que le corresponde al Estado Social es asumir una responsabilidad que no toca. Hacerlo así envuelve la solidaridad horizontal en un bucle peligroso que paraliza las políticas sociales que corresponden a un Estado al que se le supone un mínimo de responsabilidad con  su ciudadanía más necesitada. Ser solidarios, sí, pero  nunca para sustituir  funciones sociales. Y menos aún asumirlas como componente fundamental de responsabilidad personal. Porque la caridad social está sustituyendo al Estado Social en bancarrota.  

El anuncio


Comienza la cuenta atrás de un mes que impone la felicidad por decreto; aunque cuarto y mitad del país se hunda en ciénaga de la adversidad. Así que, a falta de un plan de rescate de casi once millones de pobres, nada mejor que seguir creyendo en la lotería como vía de escape ante esta bancarrota suicida. Este año, el anuncio oficial de la lotería tira del sadvertising, esa publicidad que trata de hundirte en la melancolía como forma de liberación y consumo. Es el gobierno de las emociones. Porque no hay nada mejor que sentimentalizar un mundo que se escapa por las alcantarillas de la falsedad. Antonio, un camarero de aspecto bonachón escarba en esa zona opaca cercana al hipotálamo, el territorio donde la melancolía es la reina de la noche. Al son del lacrimógeno Glacier, de James Vincent McMorrow, Ma . nu, el vecino del barrio que olvidó comprar el décimo en el bar de Antonio, se derrite ante el sobre que contiene el décimo premiado y guardado en señal de solidaridad de fiel cliente. El cruce de miradas vidriosas entre Antonio y Manu es un reventón de melancolía que nos hace olvidar de un plumazo cualquier responsabilidad política ante la adversidad. En esa mirada explota un mundo de emociones que sentencia que la vida es eso, solo un golpe de suerte. El anuncio funciona en el imaginario social como la mejor reproducción solidaria entre iguales ante el infortunio. Si quienes rigen nuestros destinos han logrado que interioricemos la autogobernanza frente la crisis, nada mejor que seguir apelando a la sensibilidad individual frente al desgarro social y político que padecemos. Porque quizás la soledad es lo único que queda por perder