lunes, 9 de junio de 2014

Con la emoción no basta


En "cadáver a la intemperie" de Pedro García Olivo, editado por Logofobia, se puede encontrar una respuesta, mejor dicho, múltiples respuestas a las dudas que, a diario nos sacude la contemplación de la realidad. Estos días siento, posiblemente usted, lector o lectora, también lo presienta, un eco que anuncia cambios a medio y largo plazo. Entre abdicaciones, demandas de consultas varias, deseos de independencia, avances por la izquierda posible y retrocesos por la derecha inclemente y bastarda;  la gente a pie de obra ha salido a la calle en busca, no solo del verano que ya calienta las seseras, sino de una vía de escape hacia las autonomías sociales y personales que se anuncian, que se presienten. Hacia los cambios de escenarios, de caras, de gentes, tal vez de maneras. Siento que en ello  juegan fuerte las emociones, capaces de movilizar cadenas que se multiplican como resortes imposibles de secuestrar. Y siento que es preciso teorizar, sistematizar, racionalizar las múltiples respuestas, escenarios y posibilidades que a diario se presentan y lo que esas emociones  significan y el peso que tienen en los procesos sociales.  Si todo ello queda en la mera expresión simbólica de las presencias, en la toma de la calle, en la expresión emocionada del encuentro con los iguales que se descubren,  o en la reconquista de espacios vetados; no habremos avanzado en la conquista de la posible democracia hoy secuestrada. 

El capote


De repente sintió el olor. Era un olor fuerte, agrio y caliente. Después vió el asta de aquel miura de 650 kilos que cortaba el aire por delante de sus ojos llenos de  pánico. Y finalmente la sintió. Entrando lentamente en su muslo izquierdo, afilada, cortante, caliente. Creía que estaba soñando. Pero no. Sin embargo, tras un segundo de luz fugaz, vió una figura invisible que se posaba sobre él. Como un ángel ralentizado que se interpusiera entre aquel astado y su endeble cascarón. Vestía una capa bordada en oro y rojo, portaba un báculo dorado y cubría su cabeza con una mitra. Entre el pánico y la visión fugaz se dejó caer preso de espanto. Oía gritos y miles de ojos trataban de tirar de su desgarrado pantalón. Tras unos segundos, donde la luz se hizo más intensa y brillante, se levantó. De repente, el silencio se había apoderado de la calle. En aquel recorrido del miedo, no había nadie. Estaba solo. Miró hacia la entrada del callejón de aquella plaza de toros y volvío a ver aquella figura. El santo le hizo una señal. Entonces comprendió el mito del santo y el capote.



Nota al margen

 Este es mi relato sanferminero de cada año. Suelo presentarlo al concurso de relatos en el blog de los sanfermines  www.blogsanfermin.com/. Este año me he negado a hacerlo por las inclemencias que creo, soporta un jurado,  a mi parecer, escandalosamente condicionado.