viernes, 22 de septiembre de 2017

¿Turismoqué?


La turismofobia ha sido la palabra del verano. Una sugerente idea con la que jugar en cada informativo. Pero ante todo es una palabra viciada. O construida con toda la intención influyente del discurso hegemónico. Ese que se amasa en las factorías mediáticas que evitan nombrar el malestar real del día a día. Porque ya no se habla de lo que realmente pasa. Hay un uso intencionado del lenguaje que convierte la vida en una sátira degradada. Como alguien ha dicho, hay una burbuja inflacionista del parloteo. Y la turismofobia, como otros palabros artificiales, se ponen en funcionamiento para travestir las cosas reales. O para criminalizar otros conceptos y generar adhesiones indirectas.
Y es que echar mano de esta palabra-tótem, ha sido un recurso comunicacional e ideológico con claras intencionalidades. El PP,  y los grandes medios, la ha incorporado a su cartera comunicacional como afrenta y desafío al glorioso PIB estatal. Ese del que don Mariano viene comiendo caliente cada día que le dicen que ha subido no se cuántas décimas. También el PP la ha comparado con la kale borroka, criminalizando así cualquier acto opositor al turismo  masivo e invasivo tras los ataques a los autobuses en Barcelona. seguir leyendo en GARA

lunes, 18 de septiembre de 2017

Casco Viejo: aguanta o revienta


¿Es que nadie lo ve? ¿Es que aquí solo viven contentos los sumisos? O es que el contentismo institucional  ha acabado con toda mirada critica. El proceso de degradación residencial  del Casco Viejo pamplonés es escandaloso. Pese a la  propaganda oficial. Pese al intento de banalizar, cuando no criminalizar,  las quejas de la vecindad más afectada. Pese a ignorar normas de convivencia, ordenanzas y otras leyes. Pese a llenar el Casco Viejo de ferias, fiestas, conmemoraciones, actos, kalejiras, jornadas, concentraciones, conciertos, txosnas, eventos, pasacalles, días de la txistorra, del rosado, del vermú o botellones disfrazados de participación comunitaria. Y así día sí día también. Hasta reventar de pura fiesta. Como si no existiera el mañana.
 El Casco Viejo es un bar a cielo abierto. Un espacio de atomización invasiva sin límite alguno. Un lugar donde vivir se ha puesto cuesta arriba. Y sí, mucha amabilización. Pero el núcleo duro del Casco Viejo muere de éxito privado, ruido y okupación hostelera, sector que ha usurpado a la ciudad pública un pico de metros cuadrados de terrazas privadas.
El Casco Viejo  ha perdido un 13,14% de su población desde 2006. Y esto coincide con el proceso de festivalización urbana que padecemos desde entonces. Nacen menos niños y niñas. Un 24,4% menos  desde 2006. Y los inmigrantes se van en busca de alojamientos más baratos. Desde el 2006 hay un 35% menos de población inmigrante. Y más, en 2016 el Casco Viejo era el barrio con mayor índice de pisos en venta.
El problema del CV no es de entendimiento, ni es complejo. Eso es un falso mito. Es un problema de gestión política y de gobernanza del espacio público. Porque es un asunto político, no de mediaciones. Porque en juego hay derechos ciudadanos e intereses económicos. No abordarlo es admitir el comienzo de una gentrificación encubierta y silenciada. O lo que es lo mismo, sancionar la muerte del viejo barrio a costa de tanto éxito. De otros, claro.

Articulo publicado el día 18 de septiembre en Diario de Noticias 


martes, 12 de septiembre de 2017

Catalunya: tocata y fuga


Nada me une a España. Salvo el azar, los imperativos legales y una vida de vaivenes desde hace 60 años. Me dirán que  eso es mucho. Y sí. Es mucho como para desespañolizarse por decreto. Si me preguntan si me siento una cosa u otra, les diré que no sé. Nunca ocupé plaza fija en lugar alguno. Y me dirán que todo dios tiene una identidad. Y sí, algunas veces me siento ciudadano, otras súbdito retenido y otras un privilegiado. Y muchas más encabronado contra ese proyecto de la España filoborbónica y corrupta secuestrada por un gobierno de trileros. Gente que habla de democracia, responsabilidad y decencia moral mientras mercadea con Lucifer. Gente que apesta a trampa. Gente que come caliente desde los Austrias. Y entonces entiendo a la ciudadanía catalana. Y sus deseos de largarse de esta ciénaga. Yo también creo que fuera se debe estar mejor.  Eso es muy terapéutico. Pero tampoco a cualquier precio.
El aznarismo utilizó a ETA como un ansiolítico para gobernar de prestado. Y usó a sus muertos. Y de ello hizo negocio. Acabada ETA, Rajoy necesitaba de un nuevo frente del que comer caliente cada día. Para salir inmune de tanta y tanta mierda. Para cerrar la carnicería de una crisis sin precedentes. Y desde 2006, el feudalismo del PP miró para otro lado judicializando el deseo a decidir del 80% de la ciudadanía catalana. Y les forzó a tensionar la historia como nunca antes lo habían hecho. A este tiempo que apesta a sulfuro.

Nadie sabe que pasará el día 2 de octubre. Jamás hubo tiempos tan inciertos.  Pero se intuye una sociedad catalana fracturada. Y claro que hay responsabilidades. Unas más sangrantes que otras. Pero ese escenario post 1-O requiere gestión y cordura. Al menos que esa división social ya ni nos importe. Porque como dice Claude Lefort, el totalitarismo es la respuesta ante  el terror a la incertidumbre y la fragmentación social.

Este artículo se publicó el lunes 11 de septiembre en www.noticiasdenavarra


domingo, 10 de septiembre de 2017

Catexit


En tiempos, ETA cansó a la sociedad vasca – no digamos a la española- de palabra, obra y omisión. Y también lo hizo la propia gestión política y emocional  del conflicto o como usted lo quiera nombrar. La sobreabundancia de sucesos, noticias, análisis, acontecimientos, idas, venidas, entradas y salidas del fenómeno y  la información que generaba, abusó de la paciencia ciudadana. De su capacidad de entender qué estaba pasando y a qué precio había que vivir. Todo ello ocurría  superado por la incertidumbre o el miedo, las hipotecas ideológicas  o la obediencia debida. O por todo a la vez. Gran parte de la traca  final de ETA  responde al aburrimiento, a la desidia, a la indiferencia ante la violencia, la muerte, la persecución, el odio, la tortura y la banalidad ante  tanto sufrimiento. En el fin de ETA influyó la política, en parte, y también la sensatez de muchos, pero también una actitud social de indiferencia ante todo lo reiterativo por decreto. Ante una situación que parecía no tener fin. Muchos vivimos aquello como si estuviéramos esperando a que el infierno se descongelara. Aun así, no estoy seguro de que aquello haya acabado.

Tengo la sensación de que con el procés está pasando lo mismo. Hay una sobreabundancia, una inflación de hechos, movimientos, declaraciones, negociaciones, noticias que saturan la capacidad de discernir, de ser críticos, de analizar con radicalidad los hechos, de separar el grano de la paja, de entender la festivalización del asunto, de sucumbir a la inmediatez del mismo o a la manipulación que el gobierno de PP está haciendo en su favor. No hay posibilidad de ponderar debido a la rapidez de los sucesos y del propio acontecer abocado ya al sí o al no.  No hay vuelta atrás y eso dificulta mirar con claridad. No hay posibilidad de entender movimientos, contradicciones, propuestas, leyes o lo que sea. Ante esto una gran mayoría huye por propia incapacidad para entender la incertidumbre, un escenario al que nos estamos acostumbramos vía crisis, pero no integramos en las prácticas cotidianas. De esta manera, llegamos al comodismo, a la aclimatación por exceso, por saturación de ideas; a ese estado  que anticipa la absoluta indiferencia ante lo que pueda ocurrir o lo que está ocurriendo. Por grave que pueda ser. Y entonces dejamos. Nos dejamos ir, abatidos por la el escepticismo o el nihilismo por decreto. Así nos decimos: mira, que las cosas vayan por donde quieran ir. Pero esto nos aleja de la auténtica capacidad de incidir en los procesos históricos, en la abulia y en la nueva dominación de la indiferencia.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Muertos y bien muertos


Tras el atentado terrorista de Barcelona, muy poca gente, excepto el colectivo Gazteizkoak, un conocido francotirador intelectual en plan friki y una histórica feminista,  ha cuestionado el gatillo fácil de los Mossos d´Esquadra. Un cuerpo policial  que hasta hace cuatro días lideraba el ranking de denuncias por torturas, vejaciones y otros usos y abusos. Incluso más que la Guardia Civil o la Policía Nacional.

Vi las fotos de las víctimas. Y también las de los asesinos. Y me conmovieron.  Tanto unas como otras. Sé que a los familiares de las víctimas esta similitud les puede escandalizar. Y lo entiendo. La venganza es una especie de justicia salvaje. Pero servidor  hubiera preferido ver a los asesinos sentados en el banquillo y defendidos por un abogado. Porque como dice Alba Rico, la muerte de los asesinos no es el triunfo del bien, sino el fracaso del Estado de Derecho. Porque esa gente se ha escapado de la justicia. ¿Que se me ha ido la pinza? Solo les confieso que cuando vi aquellos críos abatidos no me indigné.  Aquellos muertos estaban bien muertos. Porque aquellas balas estaban cargadas de justicia. Entonces, al sentir esto, me asusté de mí mismo. Y de aquel silencio envolvente. Por eso, pasado el calentón emocional, me extraña que nadie diga nada. Que nadie cuestione el abatimiento de seis  terroristas, resucitando la frase de Fraga que decía que el mejor terrorista era el terrorista muerto. O que la izquierda, esa que tanto ha peleado por la abolición de la pena de muerte y la tortura, firmara, incluida Bildu, una declaración institucional en el Congreso de los Diputados el pasado  24 de agosto reconociendo y agradeciendo la labor de todas las fuerzas policiales y de seguridad por su labor tras los atentados de Barcelona. Tal cual. Y me pregunto qué ha pasado para celebrar la muerte extrajurídica.

Articulo publicado en Noticias de Navarra el 4 de septiembre de 2017